Amor pastuso

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Amor pastuso

Les pega con la amenaza que no se cumple, pero los acaricia con el llamado a conciliar por el ¿bien? de la Patria que él cree que dirige...

“Marido es aunque pegue”, bromeaban con mal gusto los gamonales de la Sierra, y sus aprendices por montones, para graficar que el sagrado sentimiento podía tener algo de tonto y mucho de violento. Amor pastuso le llamaban. Los tiempos cambiaron, dicen algunos. Pero no tanto como debieran, les contestan las tercas evidencias.

El presidente Guillermo Lasso tiene gestos de amor pastuso y hace pedagogía en el intento. Cuando intimida con enjuiciar y perseguir con el mazo hiriente del SRI a los asambleístas rateros que piden contratos y prebendas para honrar la inmoral tradición de sus cargos, y luego manda a sus ministros a negociar con ellos, los ama pastusamente. Les pega con la amenaza que no se cumple, pero los acaricia con el llamado a conciliar por el ¿bien? de la Patria que él cree que dirige.

Cuando pide a sus subalternos que investiguen el enriquecimiento de un exmarido de alcaldesa que hoy es un silencioso terrateniente de la Costa, y luego archiva la denuncia o no nos cuenta el seguimiento… lo ama pastusamente.

Y también lo hace cuando envía una terna para superintendente de Bancos y coloca en ella a un mozalbete de relleno y la jugada le sale tan mal que el relleno se volvió la guinda del pastel, y de tercero pasó a ser el elegido. Y entonces no se le ocurre algo mejor que mandarle decir, con el peor de los emisarios, un vulgar aparecido, que ya no lo quiere, que renuncie porque su amor era solo flor de un día. Y porque sus brillantes asesores, por él mismo escogidos, le han sugerido un nombre que en realidad era un alfil del enemigo. Te quise tanto que yo mismo firmé la terna con tu nombre, pero ahora me arrepiento. Mi amor es pastuso, adiós, perdóname…

Quieran los dioses que la costumbre no se le vuelva carne, porque afuera hay un ejército de desempleados -en el orden módico de cuatro millones- y un reguero de mendicantes implorando por servicios públicos con un mínimo de eficacia y dos gotitas de decencia, que no están con ánimos de recibir muestras de un cariño tan fluctuante. Quieran los dioses. Porque el amor que necesita este país al borde del colapso no puede ser pastuso.