Columnas

Aquellas pequeñas cosas

“El odio pasó de moda” es la última genialidad que acaricia nuestros oídos desde Lelolandia. La frase es como escupir para arriba, pues -obviamente- conlleva aceptar el hecho de que alguna vez el odio estuvo de moda. Lo cual dirige nuestra mirada hacia un lejano ático donde ahora se refugia quien hizo del odio su razón de vida. Los inexistentes millones de mascarillas, los miles de fundas para cadáveres y los muchos respiradores artificiales donados durante la pandemia desde ese lejano ático son la prueba fehaciente del profundo amor que siente hacia la ciudad que lo vio nacer y hacia el resto de su país el amador de Bruselas. Mandarse un ‘crowdfunding’ de un millón de dólares para la campaña demuestra su extrema capacidad para conseguir recursos en un dos por tres (seguramente de la cuenta que le encontró Fernando Balda en Aruba). ¿Por qué no hizo lo mismo durante la pandemia? No conoce el significado de la palabra decencia. Por eso, cuando algún ocurrido nos conmina a “sepultarlo en el olvido” como castigo, sin que jamás nadie lo vuelva a mencionar, no puedo menos que esbozar una leve sonrisa ante tan infantil idea y pensar exactamente lo contrario. Este tipo debe estar presente en la memoria colectiva del país hasta el día en que haya pagado la última de sus culpas. Y hayamos recuperado aunque sea parte de lo que se llevó. Aún es posible, solo que nadie lo quiere hacer.

Tómese la molestia lector de “googlear” “niños pobres de Manabí” y mire esos rostros de desesperanza en las humildes covachas en que vive nuestra gente, luego de que ingresaran a las arcas fiscales más de cuatrocientos cuarenta mil millones durante la década saqueada. Y piense lo distinta que sería su suerte si no se hubiesen llevado lo que se llevaron.

“Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia…”, canta Serrat. Al general Gabela, Quinto Pazmiño, Fausto Valdiviezo y tantos otros, no fueron precisamente “el tiempo y la ausencia” quienes los mataron. Ni sus injustas muertes son “pequeñas cosas”. Por eso no pueden ser sepultadas por la desmemoria colectiva. Jamás deben ser olvidadas.