Columnas

Las consecuencias imprevistas

El problema es que, nos guste o no, una vez abierta la caja, las consecuencias no suelen ser optativas.

Hace 30 años (1990), Michael Crichton escribió su célebre novela Parque Jurásico y dijo: “Hace 50 años todos estaban loquitos con la bomba atómica. Eso era poder. Nadie podía imaginar nada más. Sin embargo, una década después de la bomba, tuvimos poder genético. Y el poder genético es mucho más potente que el poder atómico. Y estará en manos de cualquiera; en kits para jardineros de patio trasero, en experimentos para niños de escuela y en laboratorios baratos para terroristas y dictadores”.

Posteriormente, en la adaptación de la obra al cine, Ian Malcom (matemático especializado en teoría del caos) añade: “El poder genético es la fuerza más brutal que ha visto este planeta y ustedes lo blanden como un niño que acaba de encontrar el arma de su padre”.

Desde entonces, hemos pasado por Dolly, la oveja clonada (1996), hasta CRISPR/Cas9, que es una nueva e ingeniosa manera de modificar el código genético utilizando bacterias con ‘tijeras’ que actúan como el ‘cortar/pegar’ de tu computador.

El sociólogo americano Robert Merton encuadró dentro de la “ley de las consecuencias imprevistas” aquellos resultados no buscados de una acción que se lleva a cabo con otro propósito. Las consecuencias inintencionadas pueden ser positivas o negativas.

En India, para controlar la población de cobras, se ofreció una recompensa por cada animal muerto, y la gente no vio mejor cosa que criar cobras para recibir más dinero, aumentando la población de esas serpientes (el ‘efecto cobra’). La aspirina se fabricó y comercializó como un antiinflamatorio, pero resultó ser además un gran anticoagulante (serendipia).

Para reducir casos de dengue y zika, hace dos meses se resolvió liberar 750 millones de mosquitos genéticamente alterados en Florida, EE.UU., buscando menguar la población de mosquitos en ese estado (los insectos modificados son machos, que al aparearse inoculan una proteína que hace que la descendencia de la hembra no llegue a la madurez para picar).

Las posibilidades que abre CRISPR, que, como dije antes, permite modificar el código genético de organismos (cambiar el ADN) introduciendo variantes ex profeso, son tan prometedoras como terroríficas. Y los kits para ello se compran en internet tan fácilmente como un par de zapatos.

Si sabemos, por ejemplo, que las plantas absorben CO2 y producen oxígeno en el proceso de fotosíntesis, ¿no se podrá potenciar este efecto que resulta aparentemente muy ventajoso, modificando el código genético de las plantas? El problema es que si se pudiera (no sé si se puede, la verdad, el ejemplo es teórico y no recomiendo a nadie ir a Amazon a comprar el kit para intentarlo), nos enfrentaríamos a la “ley de las consecuencias imprevistas” porque no sabemos –realmente no sabemos— qué secuelas vendrán luego con ello.

Algunas veces, en aras del conocimiento, podemos patear un avispero o abrir la caja de Pandora. El problema es que, nos guste o no, una vez abierta la caja, las consecuencias no suelen ser optativas.

El experimento de los mosquitos ha tenido fuerte oposición, siendo catalogado precisamente como un ‘experimento Parque Jurásico’. Veremos si en unos cuántos años no tenemos que escapar de insectos gigantes, escondiéndonos en las cavernas y peleando por las últimas latas de atún y botellas de agua de la humanidad.