Columnas

Epidemia devastadora

Los pícaros saben que la fragilidad de la memoria colectiva olvida sus fechorías.

No me referiré a la pandemia del coronavirus sobre la que existe una saturación de opiniones. El Ecuador está infectado de una epidemia más devastadora, de la que no escapa ninguno de los 17 millones de ecuatorianos: corrupción.

El robo de dinero público es un asalto al bolsillo de todos. No ha existido en nuestra turbulenta historia republicana una etapa tan fecunda en miseria humana, como la actual; vivimos de escándalo en escándalo. Las medidas que se anuncian solo sirven para disuadir o dilatar el problema.

La crisis de salud ha puesto de relieve la descomposición moral en que está sumergido el país. Sin ningún escrúpulo se aprovecha la emergencia y el estado de excepción para atracar impúdicamente recursos públicos. No se advierten políticas orientadas a un imprescindible cambio de conductas, sin lo cual todo lo que se diga o haga es deleznable.

A tres años de funciones el Gobierno luce aislado, falto de liderazgo, sin capacidad de convocatoria, carente de credibilidad ciudadana, incapaz de racionalizar el gasto público. En esa realidad ha optado por imponer contribuciones a los ciudadanos y pedir a los gobiernos seccionales que asuman la reactivación de actividades. Es verdad que el anterior gobierno dejó en soletas las arcas fiscales, también es cierto que la venalidad de ciertos jueces contribuye al imperio de la impunidad, pero no se ha perseguido la recuperación de los cuantiosos sobreprecios en obras como refinerías, presas hídricas, edificios judiciales, carreteras, Yachay, preventa de petróleo, endeudamiento ilegal, etc., etc.

Solo queda destacar la gran tarea que por fortalecer la institucionalidad dejó Julio César Trujillo, o el caso Sobornos impulsado por la fiscal Diana Salazar. Ahí se demuestra que coinciden funcionarios y empresarios deshonestos unidos por enriquecerse perjudicando al país. Hay material para escribir una obra propia de una tragedia sobre incorrecciones, si no olvidamos que el auge petrolero multiplicó nuevos ricos que jamás podrán demostrar sus ilícitas fortunas. Los pícaros saben que la fragilidad de la memoria colectiva olvida sus fechorías.