Columnas

La vida en un minuto

La vida se va o se queda en tan solo un minuto.

La vida es un minuto. Este tema no es coyuntura, no es política, esto es una constante. En un minuto podemos tomar las mejores o las peores decisiones, en un minuto suceden las cosas realmente importantes, como concebir un bebé, la firma del comienzo del mejor o del peor negocio de tu vida, la decisión de compartir tu existencia con alguien, el parpadeo frente a un accidente o el fin de la existencia; todo eso (como un todo) sucede en segundos no previstos.

En una reunión de trabajo, una persona a quien respeto mucho dijo: nunca es buen momento para hacerlo, sino cuando lo haces. La frase me acompañó en la mística de que los momentos simplemente se dan en el contexto de lo que parece una eterna construcción de la vida y sus metas. Más allá de los tiempos, las pausas y las observaciones, en un minuto nosotros definimos quiénes somos. ¿Qué escogemos ser? La integridad, la solidaridad, la honestidad, el cariño son valores que no se piensan, no se miden, estos se cultivan en la cadena de sucesos de la vida. No quiere decir que si somos íntegros siempre nos irá bien, pero sí quiere decir que si se actuó con integridad, entonces nos sentiremos bien, incluso si las cosas no salieron como esperábamos. Nos sentiremos bien a pesar de que el plan no resultó y se enfrentarán las adversidades con esa fuerza inexplicable que da la integridad. Qué mejor si la integridad te recompensa con un buen resultado.

Estamos agotados de tanta amoralidad, estamos intoxicados de tanto chanchullo, robo, y de los mercaderes de la muerte. Particularmente estoy harta de escribir de corrupción y de las versiones locales distorsionadas de Tony Montana. Por eso quiero enfocar mi atención en la importancia de valorar cada minuto de nuestra existencia y aprender a escoger lo que nos nutre el espíritu por encima de cualquier otra cosa.

Necesitamos sanar tanto como sociedad, hay tanto que enmendar, hay que pensar más en el prójimo y en ser con los demás como nos gusta que sean con nosotros. Si quiere que respeten a su hija, respete a la hija de otra persona, si quiere que su intercambio laboral sea satisfactorio, haga lo mismo cuando sea su turno. Si no quiere que se aprovechen de usted, pues entonces no se aproveche de los demás. Escoger toma menos de un minuto; si el lector lo quiere ver como un principio religioso, espiritual o filosófico bien puede, el punto es que pongamos nuestra atención en observar lo bien que se siente hacer el bien.

Harari sostiene que estamos perdiendo la capacidad de estar presentes. Quizá la pandemia ha puesto al mundo en un momento sin antecedentes para cuestionar qué sucede con nosotros en el momento en que estamos y si queremos más de lo mismo. El poder de elegir, de crear y de soñar son características preponderantes de nuestra especie. Si no estamos presentes terminamos por arrastrarnos en una serie de decisiones mundanas que quizá no reflejan nuestra voluntad ulterior. Rousseau decía que las normas de la conducta están en lo más profundo del corazón: “Lo que siento que es bueno, es bueno, lo que siento que es malo, es malo”. ¿Y si tiene el bueno y el malo dañado? Está claro que habrá quien no pueda ejercer esta facultad, pero ¿y si insistimos y mejoramos? La vida se va o se queda en tan solo un minuto.