Columnas

Política desde la ciudadanía

''Tomando nota de que nuestro país tiene un severo déficit en educación, nos toca a los ciudadanos convertirnos en gestores de cambio, en políticos ambulantes''

Cuando comprendemos que por muy poco atractiva que sea la política para la mayoría de la ciudadanía, esta impacta como un tren ante toda ella, entonces debemos ser conscientes de que no podemos alejarnos de ella.

Todos somos políticos, desde Quino con Mafalda, hasta el vendedor ambulante de limones. La política es el reflejo de lo que la sociedad prioriza y construye directa o indirectamente. Recientemente escuché en el guion de una película francesa: “La política es como el ajo, un poco está bien, pero ponle mucho y apesta”. Me reí con la frase porque nada más cierto, habla mucho de política y la gente se incomoda, mira hacia otro lado y justifica su situación con aquello de que es muy sucia y por eso se aleja. Como casi todo en la vida, hay algo de verdad y algo de mentira.

Ecuador tiene una historia política convulsa; el país de 17 millones de habitantes se forja y se consolida en sus calles, ahí están las verdaderas fuerzas de la nación. Por mucho que un líder se llene la boca, si la calle no corresponde el conflicto no tarda en llegar. Es una obviedad lo que digo, solo que hay distintas calles. Durante estos días entrevistaba a una mujer que trabajaba en la capacitación tecnológica de mujeres y niñas para que puedan salir adelante en un país donde las mujeres tenemos una posición real de desventaja; ella nos compartía en la entrevista que el tema no está solo en formar con habilidades tecnológicas o técnicas sino de lograr incorporar dentro de su modelo mental el hecho de que debemos cuestionar y que podemos escoger, dentro de la oferta de presidenciables, el modelo de país que más queremos. Esto lo conversábamos sobre la premisa de que el modelo de repartir dádivas es un modelo que la calle desconoce y del que desconfía. Si bien el Bono Solidario y productos sociales del estilo pueden contribuir a la sostenibilidad familiar, jamás reemplazarán la verdadera fuente de ingreso producto del trabajo formal o informal que se haga.

Esta realidad de hablar con ciudadanos para despertar cuestionamientos acerca del país donde quieren vivir se muestra como un lujo en un contexto de décadas acostumbrados a adoctrinar la obediencia mediante dádivas que no reconocen el potencial y la capacidad de cada individuo para generar bienestar. La gran injusticia está en el mal reparto de la educación. El progreso es proporcional a la educación, por eso es imperdonable que hayan gastado millones y más millones durante la bonanza petrolera con la bandera de la educación, que al final quedaron en poco o nada, pero eso es tema para otro artículo.

Tomando nota de que nuestro país tiene un severo déficit en educación, nos toca a los ciudadanos convertirnos en gestores de cambio, en políticos ambulantes, no por defender la bandera de un partido sino para promover gestión de bienestar amparada en la capacidad individual de producir para contribuir al crecimiento colectivo. Debemos comunicar, debemos decir lo obvio: que preguntar no es insultar, que disentir no equivale a no pertenecer, que la incomodidad es necesaria para mejorar, para ver lo que el otro ve y yo no veo. La política desde la ciudadanía es clave para alimentar el déficit educativo, por muy obvias que parezcan ciertas cosas, repasarlas es necesario para recordar y decidir.