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Juan Carlos Díaz Granados | Entre la utopía y la distopía

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Entre distopía y utopía, urge una visión humana y realista del futuro, construida con responsabilidad y esperanza.

La distopía es una visión de futuro marcada por el miedo: control social, destrucción ambiental, deshumanización. La utopía, en cambio, idealiza sociedades perfectas, justas e igualitarias. Ambas han sido imaginadas por escritores, pintores y cineastas, y las dos influyen profundamente en cómo pensamos el porvenir. Sin embargo, tal vez lo que necesitamos no es ni el paraíso imposible ni el infierno evitable, sino una visión intermedia, alcanzable y humana, que se construya desde el presente con responsabilidad y propósito.

Muchas ficciones han sido sorprendentemente visionarias. Star Trek, por ejemplo, imaginó tecnologías que hoy usamos a diario: celulares, tablets, asistentes de voz. Julio Verne, en pleno siglo XIX, anticipó submarinos eléctricos, viajes a la Luna y ciudades modernas. Estas obras no solo inspiraron inventos: moldearon sueños colectivos.

Pero también hemos materializado pesadillas. Tom Clancy escribió en 1994 sobre un avión estrellado contra el Capitolio. En 2001, un episodio de The Lone Gunmen retrató un atentado contra el World Trade Center, que se transmitió tan solo unos meses antes del 11-S. 1984, Gattaca, Wall-E y Black Mirror describen con inquietante precisión un presente vigilado, polarizado y dependiente de la tecnología.

 ¿Y si en lugar de elegir entre extremos buscamos una síntesis sensata? Un futuro donde la tecnología impulse el bienestar sin reemplazar la humanidad. Donde la justicia sea prioridad, pero no una ilusión. En el caso del Ecuador, ese horizonte importa aún más: un país herido por la violencia y la desigualdad necesita imaginar con esperanza lo posible no lo perfecto, pero sí lo digno, seguro y justo.

Requerimos asumir un rol activo y consciente frente a lo que consumimos y compartimos. Ser quienes cuestionan, interpretan y comunican con criterio. Personas capaces de traducir lo complejo en lo comprensible, de elevar la conversación y sembrar nuevas ideas. No basta con advertir peligros ni soñar paraísos; hace falta imaginar alternativas posibles, inspirar movimientos constructivos y desafiar la resignación colectiva. Ni distopías asumidas como destino, ni utopías ingenuas como evasión. Lo que necesitamos es un horizonte inspirador, imperfecto, pero viable. Uno que podamos empezar a construir hoy, con empatía y criterio.