Premium

José Molina: Rupturas

Muchos evitan hablar de la muerte como si nombrarla la adelantara. Así, no hacen testamento, no dejan instrucciones claras...

En el Ecuador pocas cosas se rompen con tanta rapidez como los lazos familiares por una herencia. No importa si se trata de una casa modesta, un terreno rural o los ahorros de toda una vida: cuando falta el padre, la madre o ambos, el duelo suele durar menos que la disputa. El silencio respetuoso del velorio se transforma pronto en reclamos, sospechas y, en demasiados casos, en juicios que duran años.

Las disputas hereditarias entre hermanos e hijos, sin contar con la porción que le corresponde al cónyuge que sobrevive cuando hay sociedad conyugal, no son solo un problema legal; son un reflejo de nuestras carencias culturales frente a la planificación y al diálogo.

Muchos evitan hablar de la muerte como si nombrarla la adelantara. Así, no hacen testamento, no dejan instrucciones claras y confían en que ‘la familia se arreglará’. La realidad demuestra lo contrario: la falta de previsión es el terreno fértil para el conflicto.

A esto se suma una percepción muy arraigada: la herencia como ‘derecho moral’ antes que como un acto jurídico. Aparecen frases como ‘yo cuidé más a mamá’, ‘yo nunca me fui de la casa’ o ‘ese terreno me lo prometieron’, argumentos cargados de emociones, pero que pueden ser débiles ante la ley. Cuando el reparto no coincide con esas expectativas, el conflicto escala rápidamente y la familia termina trasladando su dolor a los juzgados.

En las últimas semanas viví un caso profesional en el que hermanos se desconocieron entre sí para excluirse de un reparto hereditario; juicios van y vienen, el resentimiento se acentúa y, al final, todos pierden. Menos mal, en este caso primó la cordura y se ‘reconoció’ a los herederos que habían sido excluidos, pero no siempre es así.

El sistema legal ecuatoriano, con sus tiempos largos y costos generados (peritajes, inspecciones, etc.), tampoco ayuda a recomponer vínculos. Un juicio de partición puede consumir no solo el patrimonio heredado, sino también los recuerdos y afectos construidos durante décadas. Al final, todos pierden algo más que dinero.