Debate no, recitadero

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Debate no, recitadero

"Es imposible que ante una sábana de ofertas en que lamentablemente esos ejercicios terminan, los electores puedan salir medianamente esclarecidos"

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"Lo que ocurre con estos debates, y se volvió a ver este fin de semana, es que cada candidato busca aprovechar cada segundo para singularizarse".expreso

El debate, organizado por diario El Comercio, retrató de cuerpo entero la realidad de esta campaña presidencial. La imposibilidad de que 16 candidatos se encuentren, planteen sus tesis, las cotejen, las debatan. La imposibilidad de que puedan decir a los ecuatorianos por qué quieren ir a Carondelet y probar que esos deseos están en línea con su formación, su itinerario público o privado, su capacidad para liderar y los resultados que han obtenido. La imposibilidad de poder justificar que sus propuestas son necesarias, viables y cuentan con los mecanismos legales y políticos y el dinero para llevarlas a cabo. Y lo que es más importante: que los aspirantes puedan debatir entre ellos sus planteamientos y los ciudadanos que los observan puedan evaluar su lógica y coherencia, su aptitud para escuchar, su sentido de tolerancia y su capacidad para aprender, corregir o replicar; características esenciales para un gobernante.

Así, aunque no asistieron dos (Andrés Arauz del correísmo y Yaku Pérez de Pachakutik), el debate tuvo que ser dividido en dos tandas de siete candidatos. Invitados a hablar de cuatro temas (Economía y empleo, Salud y pandemia, Seguridad y Corrupción), en minuto y medio para cada uno, era imposible que los candidatos no caigan en generalidades, grandes enunciados sin posibilidad de ser analizados, profundizados o rebatidos. Y los moderadores, lejos de intervenir, actuaron como el administradores del tiempo de lo que terminó siendo un mero recitadero.

Cada candidato, los ojos puestos en el cronómetro, lucía preocupado por anunciar, como si se tratara de armar retahílas, el mayor caudal de ideas en el tiempo impartido. Algunos no se hicieron cargo de las preguntas, deseosos de evocar temas y lemas que sus estrategas han urdido para distinguirlos. Si se trataba de conocer las líneas argumentales en las cuales está parada cada candidatura, el debate cumplió su cometido. No hay formato que permita conocer las tesis de 16 candidatos, desarrollarlas, confrontarlas, presupuestarlas, esclarecer dudas y agregar, explicando, mecanismos y plazos para ejecutarlas. Los organizadores acariciaron en el primer debate del sábado la ficción de que los candidatos pudieran replicarse. Les dieron un minuto para ello. En el segundo debate, ya ni siquiera ensayaron: anunciaron que tenían un minuto más para completar sus propuestas.

En definitiva, se volvió a cumplir la única certeza posible en este caso: es imposible que 14 o 16 candidatos puedan debatir. Es imposible que ante una sábana de ofertas en que lamentablemente esos ejercicios terminan, los electores puedan salir medianamente esclarecidos. Es utópico creer, como dicen algunos de esos candidatos, que entre más postulantes, mejor democracia. El hecho cierto, y otra vez comprobado, es que entre más candidatos, menos posibilidades hay para los electores de ir a votar con más y mejores elementos de información.

Lo que ocurre con estos debates, y se volvió a ver este fin de semana, es que cada candidato busca aprovechar cada segundo para singularizarse. Los ciudadanos vieron políticos en mundos estancos que si salen de sí es solo para atacar ciegamente a los que van adelante, tratando de despejar su camino. Esa es la versión política y criolla de Los juegos del hambre.

Un debate que no es debate es el único resultado posible de la ficción creada por la sociedad política que redactó el Código de la Democracia: en él reconoció la necesidad de debatir pero, en el mismo texto, generó las condiciones para anular las bondades de un debate. Así es el país: suma y resta al mismo tiempo. Ama seguir en lo mismo.