Columnas

Covid-19

¿Qué queda por decir? Que la razón, la empatía y por lo tanto, la humanidad, sea lo que se contagie.

Pareciera que el Covid-19 vino a recordarnos nuestra fragilidad. En este escenario es interesante analizar la respuesta de los gobiernos. El de EE. UU., como es su costumbre, fue experto en politizar la situación. Trump al principio la minimizó, después de todo no hay nada (en su discurso) que él no pueda controlar. Luego, ante la evidencia y el miedo, terminó por afirmar que los demócratas estaban exagerando. A pesar de esto: el Congreso pudo ponerse de acuerdo en desembolsar $8 billones para el estudio de la vacuna. Un congreso nunca antes tan dividido dejó (por el momento) sus diferencias y “la política”. 

Aparentemente, ante el miedo tangible, el debate, el ‘show’, los cálculos pasan a un tercer o cuarto plano. En Israel, Netanyahu ha impuesto las medidas más restrictivas. Cualquiera que ingrese al país, proveniente de China, Japón, Italia o España deberá ingresar a cuarentena, hasta que el viajero no sea una amenaza. ¿Radical? Tal vez. En especial si recordamos las bajas tazas de mortalidad del virus. Pero estaba en juego la elección parlamentaria y necesitaba con urgencia la mayoría absoluta. En esta semana no podía arriesgar cualquier crítica a su mandato. 

En Europa no hay año electoral, pero lo sucedido en el Viejo Continente es aún más serio. Varios analistas se preguntan si el espacio Schengen sobrevivirá al Covid-19. Después de todo la política de “un solo espacio”, facilita el movimiento y por tanto, el contagio. Preguntas alarmistas, que no creo lleguen a consolidarse. Pero resulta alucinante cómo un fenómeno tan similar a la gripe puede generar incertidumbre sobre el futuro de una realidad de más de medio siglo. 

¿Por qué? ¿Por qué la alarma ante algo que puede ser de menor impacto que el calentamiento global? ¿Por qué en este escenario la “rapidez” por actuar y tener la mejor respuesta posible? Quizá encontremos la respuesta en que como especie hemos evolucionado para protegernos de la amenaza urgente y de lo que de forma personal, en el ahora, nos afecta. A esto se suma el miedo a lo desconocido y bingo. ¿Qué queda por decir? Que la razón, la empatía y por lo tanto, la humanidad, sea lo que se contagie.