Realidad aumentada

  Columnas

Realidad aumentada

Es inaceptable que todo el sufrimiento que estamos pasando en la República no se convierta en lección para cambiar las cosas.

De las sensaciones humanas, dos de las más detestables son el dolor y el miedo, y a las dos está siendo fuertemente sometida Guayaquil y su región.

Sin duda, es fácilmente detectable que la rebelde urbe huancavilca está sufriendo. Solo muy atrás, a comienzos de la República, cuando la fiebre amarilla, los carretoneros recogían cadáveres de casa en casa, al tiempo que Vicente Rocafuerte mostraba sus formidables dotes de estadista. En definitiva, él era un hombre de letras y un hombre de acción.

Ahora nos faltan los carretoneros y por supuesto, Rocafuerte. Pero, digamos las cosas como son: la pobreza extrema, la desigualdad social y un deteriorado Sistema Nacional de Salud, ya eran parte de nuestro paisaje antes de que llegue la Covid-19. El coronavirus lo que ha hecho es actuar como realidad aumentada, mostrando la magnitud de nuestra pobreza y conmoviendo hasta los bolsillos.

Ojalá que este viejo espíritu de solidaridad que a veces se ausenta, pero que es motivo de orgullo guayaquileño cuando se manifiesta, ahora se vuelva sistemático y perdure. Hemos vivido mirando para otro lado, y lo hago notar, no para regocijarme al poder decirlo, sino para transmitir la condición del riesgo al que estamos sometidos en toda la República si no cambiamos comportamientos. Siempre he sostenido que el primer paso para curar un mal es aceptar que existe, pero en estos últimos tiempos, por mis propias condiciones de salud y por intentar ser políticamente correcto, me he descuidado en recalcarlo.

Así, la vida de los pobres y sus angustias cotidianas han pasado como fenómeno natural (y es que son vagos, como dice la gente). Desgraciadamente lo que uno ve, no lo ven todos, cuando las epidemias afectan a los menos favorecidos de la sociedad. Ha sido necesario que llegue la pandemia que nos afecta a todos para que todos veamos todo. Ahora, con mayor razón que nunca, con toda la justificación del caso, todos juntos tenemos que devolverle su brillo a Guayaquil; reparar su honor ofendido por la negligencia de unos improvisados y después… seguir todos juntos.