Columnas

Discépolo tenía razón

"Si el siglo XX fue descrito como de maldad insolente, el XXI no se está quedando para nada atrás. Al menos en nuestro país"

Contrariamente a lo que muchos están pensando, el saber que un número importante de jueces y servidores de la Función Judicial haya tenido carné de discapacidad me ha tranquilizado. Ahora todo cobra sentido. Sobre todo porque en muchos casos se trata de discapacidad intelectual, incluso del 100 %.

Muchas cosas se entienden con esto. Muchos absurdos jurídicos, sentencias sin bases legales, incluso muchos abusos judiciales. El problema es ¿cómo atribuir responsabilidades a alguien con severa discapacidad intelectual? ¿Fue utilizada esa (supuesta) discapacidad para poder llegar al cargo que ostentan? ¿Si realmente tienen esa discapacidad, son capaces de discernir entre el bien y el mal? ¿Entienden el derecho y la ley? ¿Sabrán aplicar justicia? Cuántas preguntas sin respuesta.

Lo lamentable es que en este país ya nada sorprende. El escándalo de una semana cualquiera queda opacado por el de la semana siguiente. Y este por el de la siguiente.

Nada sorprende, pero sí repugna. Repugnan, por ejemplo, los que han lucrado a costa del dolor y de la necesidad de los enfermos, comprando con sobreprecio mascarillas, medicinas, oxígeno y fundas para cadáveres.

Lo peor no es eso. Lo más lamentable es que el hecho de ser ladrón ha encumbrado a algunos a lo más alto de la política del país. Incluso a llegar a la presidencia. Total, el ser vivo y deshonesto, pero con plata, es visto como un triunfo social. Como decía en 1935 Enrique Santos Discépolo en su famoso tango Cambalache: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador...”.

Si el siglo XX fue descrito como de maldad insolente, el XXI no se está quedando para nada atrás. Al menos en nuestro país. En el mundo actual los valores se ferian, el relativismo moral se impone y la ética pasó a ser una etiqueta vacía. Con genialidad culminaba su tango Santos Discépolo: “Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley...”. Tan, tan.