Columnas

¿Y mañana, qué?

"Es la nuestra una sociedad enferma, estructuralmente perversa, donde el sujeto no encuentra tropiezo en llevar al acto aquello que otrora solo hubiera acaso soñado"

¿Cuánto cuesta un apellido? ¿Qué valor le damos al legado que heredamos de nuestros padres, nuestros abuelos, a ese legado que luego dejaremos a nuestros hijos y nietos y que pasará a ser juzgado por la historia? La inmediatez nos lleva a perder de vista los valores más básicos y humanos, llevándonos a desafiar la ley y los principios morales. En sus Lecciones Introductorias de 1914, Sigmund Freud nos decía que el psicoanálisis no hace otra cosa sino confirmar la vieja máxima de Platón: los buenos son aquellos que se contentan con soñar lo que los malos efectúan realmente. Años después, Lacan parafrasearía en su estilo lingüístico enigmático, que el fantasma del neurótico es perverso, pues el neurótico quisiera también romper con las leyes de la cultura que restringen el acceso total al goce y a la satisfacción pulsional, pero se limita a fantasearlo y hasta siente culpa por ello, dado que tiene siempre presente a ese Otro que regula y que restringe, ese superyó freudiano que obliga a modular las pulsiones del sujeto, de la misma forma que un padre educa a un niño poniendo límites a sus desbordes. Pero, ¿qué sucede cuando ese padre, ese Otro, se encuentra debilitado, cuando no logra ejercer su función paterna? Vemos cómo los niños, los adolescentes y hasta los adultos se encuentran abandonados a la tecnología, capturados por las redes sociales, alimentados por la (des)información mediática, tan inmediata como dudosa, acostumbrados al goce autista como forma de lazo social. Cuando los diques no logran canalizar las aguas, todo se desborda, los límites se vuelven borrosos y las consecuencias no se hacen esperar. En nuestra sociedad, ese Padre, representado por el gobierno, la iglesia, asamblea, jueces, policías, maestros, en suma, las “autoridades”, se encuentra desautorizado, debilitado. Es la nuestra una sociedad enferma, estructuralmente perversa, donde el sujeto no encuentra tropiezo en llevar al acto aquello que otrora solo hubiera acaso soñado. Se difumina la frontera entre el bien y el mal, el descaro parece no tener límites y actuamos como si nuestros actos no tuvieran consecuencias, como si no hubiera un mañana.