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Anne-Marie Slaughter | Construyendo un orden mundial de potencias medias

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Carney podría impulsar un nuevo M20 de potencias medias comprometidas con estos principios

“Ruptura” es una palabra fuerte, definida como una fractura repentina o completa. Sin embargo, fue el término utilizado por el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos la semana pasada al advertir de una ruptura del orden mundial: el fin de una ficción agradable y el inicio de una dura realidad en la que la geopolítica ya no está sujeta a límites ni restricciones.

Aun así, su discurso no fue pesimista. Carney subrayó que otros países, especialmente las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden basado en valores como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

¿A qué podría parecerse ese orden? Hace apenas 16 meses, los Estados miembros de la ONU concluyeron el Pacto para el Futuro. En ese contexto, el secretario general António Guterres convocó comisiones de alto nivel para definir los elementos de un “multilateralismo eficaz”. Este concepto se refiere a la cooperación entre países, capaz de lograr resultados concretos: poner fin a guerras, imponer la paz, proteger a las personas frente a desastres y establecer normas regionales o mundiales en ámbitos como la tecnología digital, las armas nucleares o la protección del patrimonio natural y cultural.

El informe Un avance para las personas y el planeta identificó diez principios para reorientar el sistema internacional hacia una toma de decisiones más distribuida y en red. Las potencias medias pueden usar estos principios como modelo. El multilateralismo eficaz debe estar centrado en las personas y en resultados tangibles para los pueblos del mundo, no solo para los Estados. Su impacto debe medirse desde la perspectiva de quienes pretende beneficiar.

Además, debe ser representativo, reflejando los intereses de todas las partes, y permitir que mayorías representativas tomen y apliquen decisiones cuando sea necesario. El gobierno multilateral basado en el consenso absoluto y el veto no funciona. Las mayorías deben incluir Estados grandes y pequeños, ricos y pobres, de distintas regiones y alineamientos.

Otro rasgo esencial es que sea transparente, equitativo e interconectado. La transparencia otorga legitimidad, aunque sea difícil de aplicar. La equidad implica reconocer responsabilidades comunes pero diferenciadas entre países ricos y pobres. La interconexión supone colaborar con actores estatales y no estatales, usando redes horizontales que contrarresten jerarquías rígidas y faciliten coaliciones voluntarias.

Los grupos eficaces también necesitan recursos adecuados, una misión clara y flexibilidad para adaptarse y experimentar, incluso a riesgo de fracasar. Además, deben rendir cuentas bajo normas comunes y estar orientados al futuro, respondiendo a crisis actuales de forma que beneficie a las próximas generaciones e involucre a los jóvenes.

Estos principios pueden guiar la reforma de instituciones existentes o la creación de nuevas. En la ONU, las potencias medias podrían actuar a través de la Asamblea General sin depender del Consejo de Seguridad. También podrían fortalecer redes transgubernamentales y apoyarse en modelos como el G7 y el G20.

En el contexto actual, Carney podría impulsar un nuevo M20 de potencias medias comprometidas con estos principios y dispuestas a actuar como bloque reformista. Es momento de transformar los discursos en verdadera voluntad política.