Alondras

  Columnas

Alondras

Te odio. Me caes mal. No estoy de acuerdo contigo y, como este sí es un país libre, puedo decirte lo que me dé la gana. No necesito pruebas. Voy a asegurarme de que sepas que no soporto que te expreses. ¿Quién te crees que eres para expresarte?

Es Twitter y es Ecuador. Pero, esta semana, las protestas por la libertad en varias ciudades cubanas terminaron en ‘mansplaining’, xenofobia e insultos contra Alondra Santiago. Otra vez fue tendencia, desplazando al tema principal, que eran las protestas.

Muchos de los que hemos nacido fuera del país recibimos avalanchas de mensajes que se resumen en “ándate” o “cállate”. Ella es un blanco fácil y quizás ha aprendido a hacerse fuerte con la xenofobia y el odio.

Yo misma he tolerado que me digan cosas horrendas, falsas, hirientes, el tipo de cosas que nadie me diría viéndome a los ojos. Pero resulta que, si quieres opinar en Twitter, una selva en donde el respeto es una mentira enorme, debes estar bañado en aceite.

Me resisto a creer que esta ira sea un asunto de género o de xenofobia. Más bien pienso que nos acercamos a la peligrosa necesidad de acabar, anular, invalidar al ser humano. Tal parece que no bastara con que alguien nos caiga mal. O no basta con que ese alguien, a quien probablemente nunca hemos conocido en persona, esté equivocado. La misión en esta cultura de la cancelación es que el mundo lo sepa.

Twitter nos pregunta qué está pasando y yo respondo: lo que debía ser un espacio para opinar libremente es uno de los más hostiles para la libre expresión. Sabemos que cada cosa que escribimos obtendrá respuestas del tipo “si no piensas como yo, estás equivocado” o “si no me entiendes, eres estúpido” o “si no apoyas mis causas, haremos que decidas irte, haremos que te calles”.

Para todas esas Alondras, aunque muchas veces no esté de acuerdo con ustedes ni en el fondo ni en la forma, no escondan ni maquillen lo que sienten y piensan, que eso es precisamente lo que buscan: que no quede nadie a quién odiar en ese nido tóxico.