El acoso y Bad Bunny

  Columnas

El acoso y Bad Bunny

Bad Bunny no es el problema, la complicidad machista sí lo es

Hace algunas semanas, mi hija me pidió que la llevara al concierto de Bad Bunny. Mi primera reacción fue “carajo, mi hija está creciendo”, pero le dije que sí. Confieso que ella me ha ido enseñando amorosamente todas las canciones y, aunque a veces quiero decirle “después escuchamos”, siempre terminamos bailando en el auto.

No soy fan de Bad Bunny. Sus letras no son poesía y pienso que a veces es demasiado explícito, como lo fueron varios artistas en otras generaciones. Pero es un latino que ha logrado cosas inimaginables y que ha llevado su estilo alrededor del mundo.

Decir que hay una paradoja entre las mujeres que, por un lado, reclamamos por el acoso machista tan enraizado en nuestra sociedad y, por otro, pagaremos por ir al concierto de Bad Bunny, es lanzar palabras al viento para ver si logran obtener otros cinco minutos de fama.

Hay una diferencia fundamental entre lo uno y lo otro: el consentimiento. Lo primero es violento porque no lo pedimos -y menos en un contexto público-. Lo segundo es un acto de libertad.

Esta semana nos golpeó en la cara ese video que circuló en redes, pero escenas así suceden a diario y no solo en la televisión o en la industria del entretenimiento, sino en casi todos los espacios laborales.

Todas tenemos una historia que contar sobre algún hombre que nos acosó hasta hacernos sentir miedo. En mi caso, ocurrió hace algunos años en Perú, cuando la administración de Panamericana Televisión cambiaba justo después del escándalo de los vladivideos. En la primera reunión, el gerente de producción me dijo “si te portas bien conmigo, sigues con tu trabajo”. Aún se me eriza la piel del asco que me da recordar su cara. Yo tenía 20 años y llevaba 3 trabajando en la televisión, pero ese día me fui de Panamericana y nunca más regresé.

Tengo claro que nada de lo que ocurrió tiene que ver con la música que escuchaba entonces, ni con la ropa que usaba ni con cómo era mi cuerpo. Bad Bunny no es el problema, la complicidad machista sí lo es.