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Carlos Andrés Vera | El vacío que nos narra

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El espacio que hemos descuidado, por apatía o por una política adicta a lo efímero, está siendo colonizado

Son tiempos en los que la realidad no llega desnuda; llega vestida de relato. Los hechos objetivos se disuelven en una marea donde ya no se nos invita a pensar, sino a militar. Hemos caído en lo que Byung-Chul Han llama la transición de la “sociedad de la narración” a la “sociedad de la información”: acumulamos datos, escándalos de 48 horas y estímulos nerviosos, pero hemos perdido el hilo conductor que nos explica quiénes somos y hacia dónde vamos.

Este no es un fenómeno exclusivamente ecuatoriano, es un signo de la modernidad. Pero en Ecuador, este vaciamiento del sentido cobra un precio existencial mucho más alto pues cuando una sociedad deja de proteger su relato fundacional -ese que nos recuerda de dónde venimos, nuestras costumbres y nuestros tesoros- se genera un vacío. Y en la cultura, como en la física, los vacíos no permanecen así por mucho tiempo; siempre llega algo a llenarlos.

Hoy, el espacio que hemos descuidado, por apatía o por una política adicta a lo efímero, está siendo colonizado. Se nos está metiendo la ‘narcocultura’ en cada dispositivo que ilumina el rostro de nuestros jóvenes. Ante la ausencia de una épica nacional que ofrezca propósito y pertenencia, el algoritmo entrega una épica de violencia, dinero rápido y poder brutal. Ese relato va ganando la batalla porque es el único que está gritando presente mientras la mayoría de nosotros guardamos silencio sobre nuestra identidad.

Esto revela una crisis de fe en nosotros mismos. A diferencia de países como México, Brasil o Argentina, que poseen un blindaje de amor propio casi tectónico, nuestra autoestima colectiva ha sido consistentemente debilitada. Allá el relato de nación es intocable; aquí lo tratamos como un accesorio prescindible. Nos miramos al espejo y nos cuesta reconocernos con afecto.

Vamos transitando de la polarización política a la disolución afectiva. Hemos permitido que los relatos tácticos del poder -diseñados para dividir y vencer- desplacen a las historias culturales que deberían unirnos.

Si no construimos ni protegemos activamente una narrativa que ponga en valor nuestra identidad, nuestra convivencia y nuestra capacidad de resiliencia, otros escribirán el guion por nosotros. Y ese guion ajeno, sea el de la violencia o el del autodesprecio, no tiene un final feliz.