Vivir y dejar vivir

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Vivir y dejar vivir

...usa cuanto recurso esté a su alcance para torcer las prácticas de otros a su gusto, usando mayorías en rebaño o minorías tiránicas...’.

Comulgo plenamente con la declaración universal de los derechos humanos, que tiene como raíz el reconocimiento sin reservas de la libertad individual y su valoración como el núcleo de toda convivencia pacífica. Esto, a fin de cuentas, nos define a los libertarios. Los colectivos -solo con escribir el término me hiere su tufo- no existen sin personas y no tienen más derechos, todos ellos putativos -es decir, por cesión, representación, extensión o ficción legal- que los encabezados por sus integrantes, los individuos, titulares originarios. En otros y llanos términos, ese atributo inherente a la naturaleza humana que llamamos libertad, y todos los derechos que se desprenden de ella, no deben limitarse ni conquistarse según las inclinaciones de la mayoría. O de las minorías. Corolario, el llamado interés general, público o colectivo, cuando es entendido como instrumento de concierto de los derechos individuales, respeta el principio de libertad; mas lo pisotea cuando es elevado a fin en sí mismo, de grado superior a la libertad individual.

Corolario adicional: el derecho de uno implica el reconocimiento del mismo derecho en todos y cada uno de los demás. Esta es la parte que olvidan los activistas, de Occidente, Medio Oriente, saliente o poniente, cuando intentan imponer una visión ante la que deben rendirse los demás. Hay familias, comunidades y sociedades que participan de un acervo cultural, de un conjunto de valores, prácticas y rituales que hacen parte de su identidad, de su sistema de creencias. Pero el activista no resiste la tentación de entrometerse si esas costumbres y valores no son los suyos: usa cuanto recurso esté a su alcance para torcer las prácticas de otros a su gusto, usando mayorías en rebaño o minorías tiránicas, tanto más efectivas si han sido entrenadas para el ruido mediático.

Hablan de libertad de culto, pero alimentan una corriente de cancelación para quien se atreva a defender la ortodoxia familiar, y empujan un sistema general de reglas sin respeto a las diferencias culturales. No contentos con estropear el castellano usando pronombres de género ininteligible, pugnan por el cambio de las reglas del idioma para “tod@s” (sic). Nadie les obliga a pisar una plaza de toros, pero buscan prohibirlas con efecto universal. Hablan de diversidad, pero procuran suprimir conductas ajenas a sus dogmas. ¡Activismo totalitario, enemigos de la libertad!