Arturo Moscoso Moreno | Hagan bien las cosas

¿Tan difícil es consultar bien, redactar mejor y cumplir con lo básico? ¿O creen que pueden hacer lo que les da la gana?
Como era previsible, la Corte Constitucional suspendió algunos artículos de las leyes recientemente aprobadas por la Asamblea y admitió a trámite varias acciones en su contra. Y como también era de esperarse, el Gobierno, sus aliados y sus voceros han reaccionado con un dramatismo digno de mejor causa. Lloran, gritan, acusan y hasta dicen que la Corte es “enemiga de la ciudadanía”, con la seriedad de un niño al que no le dieron el juguete que quería.
Y entonces uno se pregunta: si tienen mayoría en la Asamblea, si cuentan con capital político (por ahora) y una oposición deshilachada y maltrecha, ¿por qué carajos no hacen bien las cosas? ¿Por qué no respetar los procedimientos parlamentarios? ¿Por qué aprobar leyes urgentes mal redactadas, confusas o abiertamente inconstitucionales? ¿Tan difícil es consultar bien, redactar mejor y cumplir con lo básico? ¿O es que están tan convencidos de su popularidad momentánea que creen que pueden hacer lo que les da la gana?
Porque la Corte -ese ente incómodo que insiste en que hay una Constitución y unos derechos que respetar-, frente a semejantes disparates, no podía hacer otra cosa. Observó, suspendió, hizo su trabajo. No cabía esperar algo más.
Y es que lo que se percibe, más que indignación por el fallo, es fastidio por tener que lidiar con un contrapeso que no pueden controlar. Parece -y aquí el ‘déjà vu’ es inevitable- que la intención no es gobernar para la gente, sino para sí mismos, sin frenos ni contrapesos. Como en aquellos años del correísmo, donde toda crítica era traición y toda institución independiente, un estorbo. Conocemos esa receta: primero deslegitiman, luego reemplazan, y cuando todo está ‘atado’, gobiernan sin límites.
Tienen todo, mayoría, votos y respaldo. Y nadie niega que el país necesita leyes y herramientas para enfrentar la crisis. Pero eso no implica que puedan hacerlo atropellando la Constitución. En democracia, peor aún contando con todo a favor, se puede ejercer el poder dentro de los márgenes institucionales. Así que sí: hagan bien las cosas nomás. Salvo, claro, que esa no sea la intención.