Cartas de lectores | ¡La lluvia celestial!
Lluvia, eres pasión y llanto que caes a borbotones, pero bañas a todos con el encanto que Dios ofrece
Tú, que borras del suelo las miserias y conviertes la tierra en lodazal, la que calma las pasiones de la vida con un arrullo celestial.
Haces que los ojos se asomen a las ventanas para verte y escucharte con devoción, como si el cielo se derramara, enviando su agua como salvación.
Esperamos que suban los embalses para que las hidroeléctricas cumplan su función, tan necesarias en este bello Ecuador.
¡No te sobrepases!, te pido, lluvia amada, al recibir los ríos tu caudal, que no desborden todo a su paso.
Hoy tu sonido tronó en las alturas llenándonos de pavor; parecía que el cielo estaba en guerra, acabando con su colorido fulgor.
Fue fugaz, luego cayó la lluvia con nostalgia, y el sol volvió a levantarnos con su esplendor.
Eres vida que la tierra necesita, haciendo germinar flores y frutos; alegrando el entorno con colores y sabores que calman el hambre y dan felicidad.
Lluvia, eres pasión y llanto que caes a borbotones, pero bañas a todos con el encanto que Dios ofrece.
Te alabo con estas letras, recordando cómo de niños brincábamos y bailábamos bajo la lluvia, cantando con amor.
En los años cuarenta, la lluvia era pan de todos los días; inundaba las calles y aun así jugábamos sin precaución.
Al tronar, recitábamos: “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos de todo mal”, hasta que nuestras madres nos llamaban: “¡Salgan niños, que se van a enfermar!”.
Temblando de frío y ansiedad, pronto nos parábamos bajo los chorros que caían de los techos.
Las tempestades eran frecuentes; asustados buscábamos refugio familiar, rezando el rosario mientras madre y tías nos preparaban bocados calientes para entibiar el cuerpo y el alma.
¡Lluvia celestial! Te extrañamos los de cuarta y quinta edad, porque nos diste momentos de intensa felicidad.
Myrna Jurado de Cobo