Cartas de lectores | La dulzura que arde
El amor, cuando se vive desde la ilusión de la pertenencia, se transforma en ansia
¿Qué es esta dulzura que se instala en el pecho y se rebosa hasta volverse aparición? No irrumpe de golpe. Aparece tomando formas, como un perfume secreto que se respira cada instante en que una voz nos alcanza.
En El ansia, texto del dramaturgo español Ignasi Vidal, la voz atraviesa el sonido y lo convierte en cuerpo. Una melodía que late profundo en cada poro, recordándonos la belleza -y el riesgo- de amar despacio en un mundo dominado por la prisa de sentir y meramente experimentar.
El amor, cuando se vive desde la ilusión de la pertenencia, se transforma en ansia. Ya no es encuentro, sino laboratorio: un espacio de experimentación donde circulan líquidos cargados de sensación, deseo y miedo. Si este es el néctar de la vida, cabe preguntarse por qué insistimos en contaminarlo y causarle tanto dolor. ¿Nos hemos vuelto adictos a la aventura del cinismo? ¿O seguimos añorando entregarnos por completo y alcanzar una nueva dimensión del vínculo?
La obra nos enfrenta a esa pregunta sin respuestas fáciles. Nos obliga a atravesar los muros de la lógica y la ideología. A contemplar la posibilidad de rompernos para amar sin medida, sin convertirnos en esclavos del reloj ni del control. En escena, Roberto Manrique sostiene la tensión con precisa contención. Pero es Giovana Andrade quien encarna el núcleo sensible de la obra con una profundidad conmovedora. Su presencia nos regala la ternura de habitar todos los rincones del amor al otro -hasta en el dolor- tornándola respiración, fuego y memoria. Que la memoria -parece decir la obra- no pertenezca al daño, sino a los instantes donde fue posible besarse, entregarse a la pasión y, quizá, renacer juntos hacia una nueva evolución.
Este es el último fin de semana de El ansia en Guayaquil, en el Teatro Experimental del Teatro Centro de Arte. Una invitación abierta a atrevernos a sumergirnos en espacios de amor, de experimentación y de cuestionamiento; a mirar de frente nuestras propias formas de amar y permitir que el arte nos confronte, nos incomode y, tal vez, nos transforme.
Frances Swett