Cartas de lectores | Escuelita cerca del cielo

La escuelita era una sola habitación con una puerta baja y ventanas desde donde se veían las montañas

Hace algunos años, en comisión de la Secretaría de Educación Intercultural Bilingüe, llegué a una comunidad indígena en el páramo del Chimborazo para observar una escuelita de niños quichuas. Me habían advertido que hacía mucho frío, así que me vestí con poncho y bufanda de lana, pantalones y botas altas; tenía el pelo corto y no llevaba aretes. Mientras subíamos en el jeep desde Quimiaq, el paisaje se volvía cada vez más espectacular.

Llegamos a la comunidad Ichu Wayku, casi en la cima de la montaña. En la plaza, rodeada de casitas con techo de paja, un grupo de mujeres nos esperaba. Cuando bajé del jeep se rieron de mi pelo corto y de mi vestimenta masculina.

La escuelita era una sola habitación con una puerta baja y ventanas desde donde se veían las montañas. Unos quince niños, con las mejillas enrojecidas por el frío, estaban sentados en sus pupitres. Les dije mi nombre, les pregunté por sus padres y por las materias que más les gustaban, y les pedí que cantaran en quichua. Me sorprendió su vivacidad y confianza. También me contaron que sus padres solo venían a la comunidad los sábados, porque vivían en Quimiaq con los hijos mayores que ya asistían al colegio.

Los niños me mostraron cómo brotaba el agua bajo el musgo del páramo y recogimos flores para ponerlas en un frasco sobre la mesa del aula. Hablábamos en mi pobre quichua y en español, mientras ellos eran totalmente bilingües.

Pedí que me enseñaran sus cuadernos, pero un niño muy inquieto saltaba de un pupitre a otro. Entonces le pedí que tomara la tiza y me dibujara en el pizarrón exactamente como yo era.

Mientras revisaba los cuadernos con los demás niños, él terminó el dibujo y me llamó. Al verlo quedé sorprendida: me había dibujado con el pelo partido en dos y recogido, con aretes, huallcas, blusa bordada, lliclla, faja, anaco y alpargatas. Pregunté a los niños si esa era yo y todos respondieron que sí. Comprendí entonces que la cultura había sido más fuerte que la realidad.

Recordé a Umberto Eco, quien afirmaba que las imágenes son acuerdos colectivos que no deben borrarse, porque hacerlo sería cortar el pasado de un pueblo.

Ileana Almeida