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Las verdades pesan
El “peso de la verdad” fue una expresión ampliamente utilizada por más de uno de los articulistas de este Diario, reunidos recientemente. Una verdad escupida por incontables acontecimientos que ensuciaron a nuestro país y que vanamente pretende disfrazar el gobierno revolucionario que padecemos. El peso de esa verdad es aplastante y abruma a sus responsables autores. El fantasma de las sanciones que pudieran sobrevenirles, exigía al correísmo aguzar su ingenio para mantenerse a salvo en el poder y gozar a la vez de cuatro años más de supremacía.
Extrañamente, quienes afirmaban que las elecciones tuvieron un escrutinio fraudulento no pudieron comprobarlo fehacientemente.
Cierto es, también, que el triunfo de AP estuvo muy lejos de acercarse al pronosticado por el candidato, lo que no impidió la jactanciosa proclamación de su líder.
Llama también la atención que la acusación de fraude se asemeje a las expuestas en todos los países donde la revolución bolivariana había captado el poder.
Es necesario señalar que en el Ecuador tuvimos situaciones relevantes paralelas: un clima de corrupción desenfrenada se apoderó de varios segmentos de la gestión pública.
Así, mientras el supuesto fraude electoral debía tener necesariamente raíces políticas y hasta ideológicas, la deshonestidad se consagró como una defección humana, simplemente humana, tergiversada prontamente por Correa al atribuírsela a la derecha infiltrada en este gobierno socialistoide.
La deshonestidad, el enriquecimiento ilícito, el peculado, la evasión tributaria y un gran etcétera fueron dando un peso descomunal a esas verdades. Un peso que deberá echar sobre sus hombros el presidente electo en su durísima tarea de propiciar su reducción sancionando a sus autores, aunque nunca empeñándose en desvirtuarlo llevado por un distorsionado concepto de lealtad partidista.
La corrupción estigmatiza por siempre, salvo prueba fehaciente en contrario, y cualquier intento de imponer silencio u olvido a ese respecto, puede ser conceptuado por una ciudadanía castigada con este infortunio como negligencia, ineptitud o, peor aún, encubrimiento.
Las obras de repotenciación de la refinería de Esmeraldas, el escandaloso caso Odebrecht y todos cuantos aparezcan beneficiándose de sobornos o de extorsiones impuestas a pretexto de contribuciones a la causa revolucionaria, forman parte del gran basural que deberá sanear el presidente entrante.
Por penoso que le resulte ver desfilar ante sí a un viejo compañero con las manos esposadas, deberá comprender que la opción escogida de ejercer la presidencia le impone el compromiso sagrado de luchar por una causa más noble aún que la amistad.
Su alegado espíritu pacifista y conciliador, de corroborarse en la práctica, traería a este vapuleado país lo que más necesita: vivir en paz, desterrar la cultura de la violencia, adquirir conciencia de poder interactuar entre compatriotas, tener libertad para planear y emprender, erradicar la malsana lucha de clases y fomentar la competitividad productora.
Parece un sueño quimérico, pero no lo es: será suficiente en un comienzo decir ¡basta! a la estupidez. La patria se lo agradecerá.