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Vandalismo ciudadano

Quienes estudiaron en colegios estatales lo vivieron. Cada año lectivo se apertura con bancas y paredes recién pintadas. Los profesores seguro mantienen aún la costumbre de instar a los estudiantes a cuidar los muebles en la inauguración de un periodo,

Calles. El robo de las tapas metálicas es muy común en zonas del sur y centro de la ciudad. Hay huellas como estas a lo largo de la calle Clemente Ballén y alrededores.

Quienes estudiaron en colegios estatales lo vivieron. Cada año lectivo se apertura con bancas y paredes recién pintadas. Los profesores seguro mantienen aún la costumbre de instar a los estudiantes a cuidar los muebles en la inauguración de un periodo, pero el panorama a fin de año siempre refleja desobediencia: manchas, garabatos y rayones por todos lados.

Esta falta de respeto a los bienes públicos, hasta cierto punto irrelevante en el tema planteado, adquiere mayor impacto y perjuicio cuando llega a otros niveles.

En Guayaquil, el vandalismo, ese espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, está presente en todos los rincones: los asientos de la Metrovía registran el paso de enamorados que escriben sus nombres, los baños del malecón tienen dibujos obscenos, las paredes de casas ajenas están garabateadas con firmas inentendibles de miembros de pandillas.

Y no solo en garabatos queda el mal. Entran en la lista los robos de medidores, cables de servicios básicos y hasta de tapas metálicas. Al mes, al menos 140 de estas últimas desaparecen de sectores como la Isla Trinitaria, el Guasmo y el suburbio, según cifras que envió Interagua a EXPRESO.

En el norte, la Corporación Nacional de Telecomunicaciones instaló en la vía a la costa tendidos de fibra óptica, no solo para mejorar el servicio, sino también para evitar el robo de cables de cobre, una historia que había vivido en 2014 en varias zonas del centro.

Los hechos no constituyen una conducta ciudadana, porque el ciudadano es el civilizado que acepta normas de comportamiento social y tiene presentes las leyes que regulan la convivencia, sentencia el sociólogo Carlos Tutivén.

Este tipo de sucesos son descritos por él como una perversión. “Desde un punto de vista sociológico y de psicología social, e incluso cultural, se trata de ciudadanos endebles, precarios, empobrecidos, “no solo desde el punto de vista material -porque muchos podrían decir que es la pobreza lo que hace eso- (sino moral)”.

En las personas que cometen estos actos “no hay un sentimiento de pertenencia a la ciudad, asegura. “No solo es Ecuador. En Europa del Este, mafias se robaron un puente completo para poder vender el acero”. El vandalismo y la criminalidad civil está por todos lados, aunque dice que cuando visita Quito o Cuenca le parece menor el nivel de daño a los bienes públicos.

Carmen Avilés, presidenta de Fundación Símbolos Patrios, en cambio, cree que esto no es solo de guayaquileños. “Yo viajo mucho alrededor del Ecuador y por todas partes veo este tipo de agresión”.

El historiador Ángel Emilio Hidalgo es claro en lo que respecta a este tema: lo que hace falta en esta ciudad es educación ciudadana. “Las autoridades locales deben impartir una fuerte campaña de civilización y concientización de los deberes y derechos que los habitantes. Solo así podremos solucionar esto”.

“El vándalo no tiene ninguna formación, nadie lo ha orientado, nadie ha organizado su comportamiento y por lo tanto cree que todos están en contra de él, inclusive, los monumentos y las paredes”, explica por su parte Avilés.

Ella recuerda que la Municipalidad de Guayaquil tuvo “un gran trabajo con las pandillas que escribían en todos lados”, pero cree que en la actualidad ha bajado la presión que se tenía con estas personas de no permitirles rayar los espacios públicos.

“Ahora veo que ha aumentado (la presencia de grafitis). Los chicos que están naciendo en las pandillas están siguiendo el ejemplo. Veo por todas partes las paredes, los monumentos, todo rayado”.

Aquello responde a una mala conducta que no fue corregida desde jóvenes. “Ese es el trabajo que nosotros estamos promoviendo ahora en las escuelas y los colegios, y quisiéramos que las autoridades educativas lo tomen. Hay que enseñar al niño desde muy pequeño a respetar los espacios públicos”.

Si los jóvenes no respetan la propiedad ajena, se entiende cómo llevan sus vidas, “porque la conducta es siempre igual en cualquier lugar en que se encuentre el individuo”, dice.

La solución más práctica es educación, pero si ya con una campaña que demore cinco años más o menos, la gente no cambia, entonces hay que comenzar a poner sanciones; porque de una u otra manera las personas van a aprender. Si no respetan por educación, aprenderán por sanción, apunta.

Aconseja realizar campañas constantes y permanentes que sean incluidas en los programas del Ministerio de Educación, desde el inicial hasta que los chicos salgan del bachillerato, para que vayan aprendiendo y se les haga difícil arrojar basura, ir a orinar al pie de un monumento, destrozarlo, pintarlo o rayarlo.

Avilés cree que este problema social está en aumento y hay que comenzar a frenarlo, porque si no, la ciudad va a ser una pizarra mal escrita.