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El perdon del no nacido

Tres abortos sin piedad y luego las drogas pusieron a Patricia Sandoval en un abismo. Hoy comparte su historia al mundo como un testimonio por la vida.

Misión. Patricia Sandoval se dedica ahora a dar charlas provida.

Marcó sus propias reglas. Estaba prohibido decir mamá, papá, él, ella... ni siquiera se permitía la palabra feto. Cualquier cosa que diera dignidad humana al bebé quedaba vetada. Su objetivo: deshumanizar ‘eso’ que llevaba en el vientre.

‘Eso’, en ese entonces, tenía entre 14 y 16 semanas de formado. Y para ella “no era nada, no valía nada, era algo desechable, de lo que había que desprenderse” antes de que le arruine la vida. El aborto fue la única opción, su mejor decisión.

Diez años después, por momentos quebrándose al dolor y arropando su rostro con lágrimas de arrepentimiento, Patricia Sandoval expone los hechos que marcaron su vida. Y lo hace de manera pública, sin que le importe ser apuntada con el dedo como una mujer sin escrúpulos o sin alma, pues convirtió su testimonio en la bandera de su misión: ayudar a salvar las vidas de esos que aún no tienen voz.

En visita a EXPRESO, horas previas a una charla que brindó a unos 2.000 jóvenes de colegios de Guayaquil, Patricia desnuda su alma con su historia.

El rostro de esta mujer tiene consigo un maquillaje perenne de dolor. Y también de alegría por reencontrarse con la paz. Confusa mezcla que la marca.

Tenía solo 14 años cuando unas charlas sobre sexualidad en su colegio, en California (Estados Unidos) despertaron su curiosidad. A los 19 quedó embarazada de su novio.

Decidió tenerlo, pero unas amigas cuestionaron su decisión: “¿Para qué lo vas a tener? Arruinará tu vida, no podrás trabajar, te frenará en tus metas, será un estorbo porque aún eres joven...”. No se habló más, fue a una clínica y lo abortó. A su novio le dijo que lo había perdido por causas naturales.

Cinco meses más tarde, otra vez embarazada. Ahora la decisión la tomó sola y fue a otra clínica de aborto. “¡Qué valiente eres, te felicito!”, le dijo la enfermera que succionó a su bebé. Ella se sintió valiente de verdad. “Una mujer fuerte”.

No se cumplía el año y medio y otra vez salió embarazada. Le confesó a su novio que abortaría; esta vez no quería llevar sola esa carga. “Pero yo quiero ser papá, yo no lo quiero abortar”, le respondió él. “Cuando él dijo eso yo tenía una rabia dentro de mí y le reclamé: ‘qué egoísta eres, porque yo soy la que tengo que cargar con la miseria, yo voy a perder mis estudios, mi trabajo, yo voy a perder mi vida’”, cuenta.

En medio de su relato, agacha la mirada. Sus ojos color miel se humedecen. Sus manos juguetean nerviosas con un anillo que en su círculo forma un rosario que al final es coronado con una cruz. “Mi novio lloraba y yo, siendo la madre (gesticula un entrecomillado al decir madre) no sentía nada”. Y explica: “Siempre pensé que (los fetos) eran unas células, algo desechable”.

Se dio cuenta de que no era así cuando ingresó a trabajar a la clínica Planned Parenthood. “Allí pagaban el doble que en cualquier trabajo. Pero lo que yo estaba haciendo sin darme cuenta era vendiendo asesinatos. Era un mercado de sangre”.

Cuando la enviaron a botar los desechos del primer aborto en el que asistió se dio cuenta de que ‘eso’ tenía pies, manos, una cara, un cuerpecito... se acordó de sus hijos.

Al mes dejó la clínica, pero acosada por sus decisiones cayó en las drogas. Anduvo vagando en las calles, primero adicta a la cocaína y luego a la metanfetamina. Avergonzada por su fracaso se alejó tres años de su familia. Hasta que un día, sus ‘amigos’ y su ‘novio’ drogadicto la dejaron botada en la calle. “Era una basura”, dice de sí misma Patricia.

Pero alguien llamada Bonny, una chica que trabajaba en un restaurante frente al lugar donde ella quedó hundida, le dio una mano. “Yo sentí que era Jesús, porque por primera vez alguien me levantaba con dignidad”, cuenta.

De allí en más, su vida cambió. Volvió a casa con sus padres y una noche, durante un retiro espiritual, soñó que veía a sus hijos (dos niñas y un varón) y que estos le perdonaban. En una entrevista a un portal católico confesó que su lucha la realiza en nombre de ellos, que la acompañan en la memoria y por quienes se siente madre.

Su voz tiembla al hablar: “Pasé de asesina a mamá”. Y por eso, aunque no tiene hijos, desde ahora comparte su historia al mundo para evitar abortos. Una historia de muerte... por la vida.

El VidaFest reunió a dos mil jóvenes

El fin de semana Patricia Sandoval fue parte de una charla brindada en Guayaquil a jóvenes, como parte de una campaña provida y para sensibilizar sobre el impacto que causa un aborto en la mujer y en las familias.

El coliseo del colegio Bernardino Echeverría, frente a Los Ceibos, acogió el sábado a cerca de 2.000 jóvenes de diferentes planteles de la ciudad.

La jornada, denominada VidaFest y cuyo lema fue: “Que Guayaquil Viva”, tuvo como fin sembrar una cultura a favor de la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Participaron también Juan Arturo Flor, quien disertó sobre el ‘Sexo seguro’ y Jaime González, de Colombia, con la charla ‘Los efectos de la pornografía’.