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Pasajeros a la muerte

Extrañas sensaciones al leer el periódico. Siempre e inevitablemente aparece la muerte. La muerte lleva siempre un aura de sorpresa y de azar pero sobre todo de abuso que impele a cambiar de página. Para consolarnos, decimos que la ausencia que impone es el tributo al ciclo de las especies.

Gabriela Ortega viajaba en el bus número 10 de la Cooperativa San Gabriel, placa IAA1963, que se accidentó la noche del domingo en Otavalo, Imbabura, en la ruta Quito-Tulcán. “Yo venía en el segundo asiento y mi hija me dijo que el señor viene tomando, porque a lo que abrió la puerta se olía a trago” comenta desde la clínica Metropolitana de Ibarra al periodista de El Universo. Jairo P., el conductor llevaba un exceso de pasajeros: 56 sobre el máximo de 40. 13 fallecidos. Aparte del alcohol, la velocidad: al parecer competía con otro bus con el que se rebasan una y otra vez. Jairo P. asumió como un verdugo el destino de seres inocentes a los que callados -no hay sociedad civil- mandó a la muerte. Está desaparecido. ¿Volverá a coger el volante en dos años más, una vez que pase la tormenta, las influencias de las cooperativas se hagan sentir, y solo queden los familiares llorando y recordando a sus seres queridos?

¿Quién es Jairo P.? No se trata de sus señas de identidad. ¿Quién le autorizó para disponer de la vida de otros seres humanos al romper todas las normas de seguridad? Los pasajeros en los buses son rehenes de un silencio cultural que les impide protestar y detener al presunto asesino antes de que cometa el crimen. Se dan cuenta de que algo está mal, quizá que se corre un peligro pero el silencio cultural les impide levantarse, vociferar, reclamar por su propia vida. ¿Quién va a protestar en un bus, en la noche fría andina, parar el carro, impedir las carreras de velocidad?

Vivimos paradójicamente en las ciudades en un mundo de exigencia de derechos que raya muchas veces en lo macondiano. En las carreteras en la noche andina, en la de la costa o del oriente, el respeto ante la vida humana, a su valor único e intransferible, no existe.