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La Habana. El bar El Floridita en una foto de su época dorada.Internet

El daiquirí se reencuentra con su historia

Un documental lleva a Cuba el recuerdo del creador de esta bebida. Su relación con el escritor Ernest Hemingway

A La Habana la separan miles de kilómetros de Lloret de Mar (España), pero en la esquina de la calle Obispo y Monserrate -en el centro de la capital cubana- ambas ciudades se unen en un coctel: el daiquirí.

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La bebida alcohólica granizada, con jugo de limón, marrasquino (licor de cerezas) y ron blanco, fue una obra del catalán Constantí Ribalaigua Vert (1888-1952), dueño del icónico bar El Floridita de La Habana a principios del siglo pasado.

No fue un invento propio, pero sí una interpretación. Ribalaigua le dio la vuelta al clásico trago al hacerlo con hielo granizado con batidora, un electrodoméstico recientemente importado en la isla a inicios del siglo XX.

Esta genialidad del lloretense, afincado en la isla caribeña, enamoró el paladar del nobel de Literatura Ernest Hemingway, un convencido de que para conocer bien una ciudad había que calentar el codo en la barra de sus bares.

La historia de esta bebida, su inventor y la relación con el estadounidense son la columna vertebral del documental “Constante y el Floridita de Hemingway” del periodista y escritor catalán Ramon Vilaró.

El largometraje acaba de ser estrenado en Cuba, en la sede de la embajada española, y será retransmitido “en los próximos meses” en la televisión estatal, según cuenta Vilaró.

Casi como una obra del destino, la historia de Constantí -o Constante, como se le conocía en Cuba- llegó a manos del periodista, quien vive con su familia en la ciudad natal del cantinero.

“Mi interés por Constante lo descubrí en mi primer viaje a Cuba. No iba de coctelería, iba de tabaco cuando vine a ambientar mi novela Tabaco: el imperio de los marqueses de Comillas”, en 1997.

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Documental. Ramon Vilaró es el director y productor de ‘Constante y El Floridita de Hemingway’.Ernesto Mastrascusa / EFE

Veinte años después, el excorresponsal del periódico El País volvió a la isla por el 200 aniversario de El Floridita y fue entonces cuando decidió inmortalizar la historia de su compatriota en la pantalla.

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Según relata Vilaró, el dueño de El Floridita -ahora en manos estatales- formó parte de una ola migratoria peninsular a inicios del siglo XX que buscaba la fortuna en el continente americano.

“Constante es uno de tantos que migraron a la isla. Trabajó durante un tiempo con unos parientes y llegó a El Floridita en 1914. Cuatro años más tarde se convirtió en propietario”, agrega.

La sombra de Hemingway es larga en Cuba. El escritor amó tanto el daiquirí de Constante que lo incluyó en su novela póstuma, Islas en el Golfo.

En sus páginas, el estadounidense describió el coctel de Ribalaigua como ir “esquiando barranco abajo en un glaciar cubierto de nieve en polvo”.

“No sé cuántos daiquirís habría tomado ya el maestro Hemingway para hacer una descripción tan literaria y fantástica”, agrega Vilaró, un declarado aficionado del esquí.

“Constante es el gran maestro coctelero, pero no habría pasado a la historia sin haber tenido a un cliente tan emblemático como Hemingway, esto es lo que le da fama”, agrega.

De hecho, El Floridita fue reconocido en los cincuenta como uno de los bares más conocidos del mundo por la revista Esquire.

Para Vilaró, estrenar su documental -que cuenta con una participación abrumadora de expertos cubanos, así como del actor Jorge Perugorría- era una “asignatura pendiente”.

“Es una satisfacción y un honor increíble porque sin estrenar en Cuba, el documental quedaría con una pata coja”, cuenta.

Estrenado en 2020, “Constante y El Floridita de Hemingway” ha participado en doce festivales de cine en el mundo y ha ganado premios en Alemania y Singapur.

El periodista y escritor espera que su trabajo tenga una buena recepción en el país: “Para mí lo importante es que, para el pueblo cubano, mi documental sea su documental”.

Los 205 años de un lugar patrimonial de Cuba

El Floridita celebra en estos días su aniversario 205. Se llamó en sus inicios La Piña de Plata, y durante años no pasó de ser una simple taberna a la vera de una de las puertas de La Muralla que rodeaba y defendía la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana. Es el bar más famoso de La Habana y uno de los más conocidos en todo el planeta. El más exclusivo. Célebre por su excelente coctelería y por su cocina, especializada en pescados y mariscos. Este establecimiento, ineludible para quien visita la capital cubana, se ufana de ser la ‘catedral del daiquirí’, un trago que nos pone a todos de acuerdo. Ernest Hemingway inmortalizó el daiquirí y El Floridita en su literatura. «Estás bien donde estás. La bebida no podía ser mejor, ni siquiera parecida en ninguna parte del mundo», dice en Islas en el golfo, para enseguida definir el daiquirí como “un trago de aguas someras” y matar de envidia al lector con la descripción de la bebida que degusta: “Estaba bebiendo otro daiquirí helado sin azúcar y, al levantarlo, pesado y con la copa bordeada de escarcha, miró la parte clara debajo del hielo frappé y le recordó el mar. La parte frappé era como la estela del barco y la parte clara se veía como el agua cuando la cortaba la proa al navegar en aguas poco profundas sobre fondo de greda. Era casi el color exacto”.