Actualidad
Migraciones: hechos y ficciones
En muchos países el debate político sigue dominado por las migraciones. Y con razón: afecta a economías y sociedades de todo el mundo. Pero la opinión pública en este tema crucial tiende a guiarse por las emociones más que por los hechos. Esto lleva a una falta de diálogo abierto y eficaz sobre los riesgos de las migraciones, o sus muchos beneficios. Los líderes populistas han manipulado el debate sobre las migraciones apelando a cifras infladas y otras exageraciones groseras para atizar el temor popular. Esto perjudica directamente a los inmigrantes, incluso a aquellos que llevan mucho tiempo viviendo en sus países nuevos. En el Reino Unido, previo al “brexit” y después de la votación, las denuncias de crímenes de odio contra inmigrantes crecieron 42 % respecto del año anterior. Pero el impacto del sentimiento xenófobo va mucho más allá de las fronteras nacionales. Si la prédica populista del miedo impulsa a los países a adoptar políticas proteccionistas y de exclusión, el efecto sobre la economía global (y sobre los medios de vida de millones de personas en todo el mundo) será desastroso. Es hora de que los políticos racionales y los medios masivos reintroduzcan los hechos en el debate, publicando cifras reales de flujos migratorios de sus países, tanto de entrada como de salida; explicando a los ciudadanos que muchos de los problemas por los que se acusa a los inmigrantes no son culpa suya; y destacando los grandes aportes sociales y económicos que hacen los inmigrantes. La mayoría de encuestas muestran que en casi todos los países los residentes exageran en gran medida la cantidad de inmigrantes. Pero en proporción, la cantidad de personas que viven fuera de sus países de origen es casi la misma hace varias décadas: alrededor del 3 % de los casi 7.500 millones de personas vivas. En los últimos cinco años dejaron sus lugares de origen 36,5 millones de personas (apenas el 0,5 % de la población mundial). Asimismo, es un mito que todos los ciudadanos de países en desarrollo busquen trasladarse a sociedades ricas del Primer Mundo: la mayoría deciden emigrar y se quedan en su región de origen. Igualmente inexactas son las afirmaciones de que los inmigrantes son una carga para los presupuestos nacionales. En el RU, los inmigrantes aportan más en impuestos de lo que reciben en prestaciones. Además de beneficiar a las economías receptoras como trabajadores, emprendedores, inversores y contribuyentes, los emigrantes (y los refugiados) colaboran con el desarrollo de sus países de origen por medio de las remesas, que suponen una parte importante del PIB, y a menudo son su fuente principal de divisas extranjeras.
Las migraciones suponen desafíos, pero son superables. La crisis de refugiados en el Mediterráneo, que alentó el pánico en toda Europa, se podría haber encarado eficazmente con una acción internacional coordinada, como ya se hizo en el pasado, en los setenta, los ochenta y los noventa.
Hoy la atmósfera política es más hostil. Los Estados europeos gastaron más de mil millones de euros en vallados y controles fronterizos. Estos intentos de “recuperar el control” alzando nuevas barreras dejan a los emigrantes a merced de traficantes abusivos y debilitan el comercio y la cooperación internacionales. El movimiento de personas, por elección o por la fuerza de las circunstancias, ocurrió siempre, y eso no va a cambiar. Es hora de empezar a manejarlo.
Project Syndicate