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Jueces y reos
Cuando escribía sobre el daño que le hacía Correa a los suyos, como de costumbre, causaba molestia. Hoy, tristemente, la percepción se hizo realidad.
Oigo de exfuncionarios de esta última década que han sido honrados en su gestión, que han hecho bien su trabajo, que no han distraído recurso público alguno y que aseguran haber impedido corrupción. Cuentan casos concretos, “argollas viejas” que dicen haber roto. Otros aseguran que han edificado bases para una gestión pública que durará independientemente de los gobiernos que vengan. Unos se han retirado en perfil bajo y otros no. Pero todos sienten una gran satisfacción de haber hecho una buena administración pública. Hasta los prófugos y encarcelados.
En muy pocos mantengo la confianza de que no han sido ladrones, y de un grupo aún más pequeño pienso que tuvieron buenas intenciones. Pero lo que no logro entender es cómo pudieron aplaudirlo, cómo pudieron guardar silencio, cómo pudieron defenderlo y trabajar para un tipo como Correa, tan incapaz de lucir decente, tan soez y destructor.
En pocos casos se trata de gente bien formada en la academia y miembros de familias reconocidas por su honorabilidad. En esos casos, entiendo menos. ¿Vale más llenar la hoja de vida con ese cargo que ser recordados como los servidores de Correa?
Difícil de olvidar. Bien dicen que la justicia social, de la que todos somos jueces y reos, es severa y a veces cruel. Por ello, es que era y será siempre tan preciso juzgar a las personas en distintos niveles y tener claro dónde se fijan los límites de cada nivel.
El derecho en este tema, está primero. Y por ello, los órganos de control ordinarios y extraordinarios, disciplinadamente deberán ajustar a la ley. La política, en su juicio y en su actuar, deberá ser fiel a principios de una “buena política”; luego, la ética, la más complicada y la más frágil.
Hacer justicia es válido y necesario para reconstruir todo otra vez. Ojalá que, como ciudadanos, no confundamos los límites de nuestras sentencias.