Las infancias perdidas

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Las infancias perdidas

El gran escritor francés del siglo pasado, ganador del Premio Nobel de Literatura a no muy avanzada edad, Albert Camus, manifestó su fe agnóstica al decir que “no podía creer en un Dios que hace sufrir a los niños”. Así pues, a esta confesión de parte, el relevo de prueba viene dado y comprobado en estos últimos tiempos por el trato infernal, propio de la deshumanización o de la angustia colectiva, en que millares o millones de infantes han venido viviendo una realidad espantosa en sus cortas vidas que, se supone, debían estar consagradas a la alegría, a los juegos tradicionales y a ese ir descubriendo el mundo en el que les tocará vivir a futuro, en medio de elementos sorprendentes (con las consabidas historias de hadas y príncipes encantados) o maravillosas mentiras mágicas. Es decir, en un ambiente lúdico que se irá adaptando a la realidad a medida que se alcancen nuevas edades. Especialistas de la Unesco, por ejemplo, llegaron a la conclusión de que los niños, sin excepción y vengan del círculo social o económico que vinieren, eran unos genios prodigiosos en la representación gráfica de lo que ven y, por supuesto, también de lo que sienten.

Esta reflexión viene al caso con motivo de esa enorme diáspora que tiene lugar en la actualidad, en que miles de desesperados migrantes centroamericanos, procedentes de Honduras y El Salvador, tratan de llegar a la frontera entre México y Estados Unidos para cumplir lo que se ha venido llamando desde siempre ‘el sueño americano’. Esto es integrarse como nuevos habitantes o ciudadanos de la nación de Lincoln y Whitman, huyendo de la miseria y la inseguridad que cada vez es mayor en sus países de origen. Esta marcha de miles de kilómetros incluye a cientos de niños, algunos conducidos en cochecitos, a quienes hay que alimentar, saciar su sed y evitarles los rigores del mal tiempo a lo largo de todo ese ‘campo traviesa’ que tienen que recorrer.

Otra situación dramática es la de los cientos de niños africanos o del Medio Oriente llevados por sus padres, en el intento de lograr llegar a las costas europeas usando frágiles embarcaciones, muchas de las cuales han naufragado en el siempre peligroso mar. Como para volverle a dar la razón al autor de La peste.