Guayaquil, una ciudad que cree en fantasmas

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Guayaquil, una ciudad que cree en fantasmas

Hace unos días, Guayaquil se llenó de supuestos ‘zombis’ que celebraban Halloween y hoy miles de deudos acuden a los cementerios para visitar a sus familiares fallecidos.

Comisión. Un uniformado misterioso pasea por las oficinas de la CTE que están ubicadas en la calle Chile, al sur.

Hace unos días, Guayaquil se llenó de supuestos ‘zombis’ que celebraban Halloween y hoy miles de deudos acuden a los cementerios para visitar a sus familiares fallecidos. Sin embargo, para los guayaquileños, la relación con la muerte y lo sobrenatural es algo cotidiano y no solo por estas fechas; a juzgar por la cantidad de relatos sobre apariciones y presencias extrañas que recorren de labio en labio las calles de la ciudad.

Prácticamente no existe edificio, sobre todo de servicio público, donde alguien no asegure haber visto, escuchado o sentido alguna presencia extraña, que -a falta de una explicación racional- la atribuya a muertos o fantasmas. Y, por lo general, no solo encuentra a alguien que así lo cree, sino que incluso, lo corrobora.

Una consulta de EXPRESO en redes fue suficiente. Lectores de todas partes de la ciudad comentaron las más disparatadas historias de espectros, con locación y descripción minuciosa. Francisco Olvera, por ejemplo, asegura que en las cimas del Bim Bam Bum existe una casa abandonada llena de simbologías satánicas, donde el ambiente es sobrecogedor.

Tan generalizado es este tema, que existen especialistas en ello, como Axel Cabrera. Este reconocido espiritista y cartomántico de la ciudad dice que los espíritus “están en todos lados”. “Quienes fallecen no se van al cielo o al infierno, viven en este mismo mundo. Se transforman, pero son parte de este universo”.

Aun siendo así, hay una pregunta que no puede faltar: ¿por qué unos pueden verlos y otros no? La respuesta -según él- es simple: porque ellos, que no son otra cosa que espíritus desencarnados, no quieren.

Cabrera, quien tiene entre sus clientes a políticos, empresarios, artistas y deportistas del país, deja claro que los fantasmas no son malos. “Su misión no es asustarnos”. Ellos aparecen o recorren lugares porque en vida estuvieron allí. “Son parte de sus recuerdos.

Eso sí, aclara que “no podemos confundir estas experiencias con las de la Dama del Tamarindo o La llorona. Esas son leyendas. Mitos que son parte de la cultura”.

Blanca Zea, psicóloga y terapeuta familiar, agrega algo más. “Quienes pueden verlos, porque realmente existen (al margen de si uno cree o no en lo paranormal), lo hacen porque tienen desarrollada la percepción extrasensorial.

Pero no todos aceptan su existencia y, por el contrario, hay quienes explican por qué la mayoría lo da por cierto. En tono de catedrático, el psiquiatra Pedro Posligua dice que cuando somos niños, desarrollamos lo que se conoce como el “pensamiento primitivo o precategorial”, influenciado por aspectos culturales o sociales de nuestra población. “Siempre quedan en lo profundo del ser humano vestigios de este pensamiento al crecer, lo que deja abierta la puerta a supuestas experiencias “que traspasan el terreno del buen juicio”.

Existan o no, y al margen de estos criterios opuestos, este Diario recoge historias relacionadas con cuatro conocidos edificios porteños como el Municipio, el colegio Vicente Rocafuerte, la Comisión de Tránsito y el hospital Guayaquil.

Las distintas perspectivas del fenómeno

Pedro Posligua, psiquiatra: “Cuando crecemos, la lógica y el pensamiento racional -adquirido gracias a la preparación académica- merma esta postura del pensamiento que se inclina hacia lo paranormal”.

Blanca zea, psicóloga, psicoterapeuta infantil y de pareja: “Aunque para algunos este tipo de historias son algo absurdas, satisfacen una necesidad cultural que nos permite acercarnos a nuestros temores sobre lo que hay más allá”

Vicente Rocafuerte

Sombras y sonidos de escritorios

Todo ocurre en las noches, cuando los estudiantes, docentes y administrativos se van y solo quedan pocos guardias y el personal de mantenimiento.

En el colegio fiscal Vicente Rocafuerte, ubicado en Vélez y Lizardo García, y que el próximo 26 de diciembre cumplirá 175 años de creación, hay quienes aseguran haber escuchado ruidos desconocidos, personas caminando por los pasillos o sombras que desaparecen en la noche.

Julio Saavedra, subinspector general, cuenta algunas historias narradas por sus compañeros.

Una de ellas es el sonido de los cajones de la oficina de un exinspector general, quien murió en los años 90. “Muchos aseguran ver que los cajones se abren y cierran sin la ayuda de nadie. Incluso, han visto algunas sillas rodar de un lado a otro”.

Otro caso es el vivido por el jardinero Bosco Cedeño, quien en el estadio vio que alguien pasó corriendo y le tocó la espalda. Él fue tras esa persona, pero desapareció.

Asimismo, varios guardias dicen haber visto personas bajando y subiendo las escaleras, pero cuando van tras ellas no encuentran nada.

CTE

Un vigilante que se esconde

Movimiento de sillas, sombras fugaces, ruido de pisadas y voces de niños son algunas de las anécdotas que relatan empleados del antiguo edificio de la Comisión de Tránsito del Ecuador (CTE), ubicado entre las calles Chile, Brasil, Cuenca y Chimborazo.

Carlos Coloma, quien tiene dos décadas laborando como empleado civil de la institución, asegura que no ha sido testigo de ‘algo sobrenatural’. Pero conoce a algunos compañeros que aseguran que sí, como el que aconteció hace tres años con una abogada que acostumbraba madrugar. “Aseguró que en dos ocasiones observó a través del reflejo de un vidrio de una puerta la presencia de un uniformado, pero al mirar para atrás no había nadie”, relata. Uno de los casos recientes ocurrió hace tres meses con dos empleadas. Mientras organizaban una competencia atlética escucharon voces y sonrisas similares a las de niños. Era de noche, por lo que optaron por dejar pendiente la tarea y salieron de prisa. Otra historia que se escucha en los pasillos de la entonces CTG es que una usuaria insistía en que le abrieran la puerta. Un empleado que tenía las llaves le dijo que no había nadie. Ella dijo que sí, que tras el vidrio observó a un uniformado como que se escondía.

Hospital Guayaquil

Un alma que recorre pasillos

Si hay fantasmas o no es aún algo que causa polémica. Lo que sí existen son guayaquileños como Jenny Burgos, quien afirma que hace dos años tuvo un encuentro cercano con un espíritu. Para ella, hay fantasmas, espectros y almas traviesas de todo tipo que por diversos motivos ( sea para saludarnos o asustarnos), a cualquier hora nos visitan.

Ella labora en el área de Admisiones del Hospital Guayaquil ( 29 y callejón Parra) y el día del suceso (no recuerda la fecha con exactitud), cerca de las 10:00, fue por un archivo al departamento de documentación, donde guardan los registros de cadáveres.

La mañana parecía tranquila hasta que de pronto vio a uno de sus compañeros pasar a su lado. Tenía puesta una camisa y un jean azul, mas su rostro parecía estar distorsionado. Jenny lo siguió por unos segundos, pero este desapareció. El ambiente, según relata, se puso tenso. “Yo lo llamaba y a medida que lo hacía, sentía frío y más frío. Mi cuerpo se puso pesado”, precisa. La mujer empezó a persignarse y luego se llenó de coraje. Le dijo: “Caramba, vete a donde Dios o el diablo te haya puesto, pero no vengas a fastidiarme más”. Y así lo hizo, nunca más volvió a aparecer.

En el lugar otros compañeros también lo han visto. Sin embargo, creen, o prefieren creer, que todo surge de su imaginación.

Municipio

Vigilan la labor de los guardias

Cada tarde, cuando el personal municipal abandona el edificio del Cabildo y solo los guardias se quedan al resguardo de esta antiquísima construcción, alguien o algo recorre los pasillos y usa los ascensores.

Hay presencias paranormales en todos los pisos, incluso en el Salón de la Ciudad. En sus 23 años como trabajador del Municipio, Felipe Chóez ha escuchado y visto suficiente como para afirmar que esto es real.

Él realiza el mantenimiento de las oficinas y dice que quienes más “escuchan cosas” son los guardias. “Hay una sombra que pasea por el Salón de la Ciudad y los ascensores se activan sin que nadie los use. El ambiente es más pesado en las noches. A nadie le gusta subir”.

Un día, y esta es la historia más conocida, una niña de edad escolar subió al segundo piso para ver a su mamá cuando todos salían de sus jornadas laborales.

Uno de los cuidadores llamó por radio y notificó que subiría una menor. Le contestaron que nadie había entrado. La buscaron por todos lados, pero nunca apareció.

Y hay más. Cuando los vigilantes del Cabildo descuidan su labor y el sueño les vence, reciben llamados de atención, confiesa uno: “Lo peor que me pasó fue que me tocaron el hombro”.