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Giro al pragmatismo
Cuando el doctor Blasco Peñaherrera visitó Incae como vicepresidente de la República, en una amena charla con los pocos ecuatorianos que entonces estudiábamos ahí, mencionó que “la política era el arte de lo posible”. El presidente Moreno realizó la semana pasada dos nombramientos importantes: en primer lugar entregó la responsabilidad del manejo de las finanzas públicas a Richard Martínez, y por otro lado, Eduardo Jurado asumió como secretario general de la Presidencia. Ambos funcionarios provienen del sector empresarial, y en uno de los casos se trata de un visible vocero de las cámaras de la producción. Los nombramientos se interpretan como un giro desde el nominalismo ideológico romántico, hacia el enfrentamiento de la realidad en un momento crítico, con el apoyo del sector empresarial. Si antes los buitres esperaban ansiosos su oportunidad, hoy liman con mayor fuerza sus garras, pues el fracaso de la gestión del Gobierno se interpretaría no solo como de Lenín, sino de la capacidad de manejo de la crisis por parte de integrantes del sector empresarial.
Lo cierto es que el manejo de la cartera de Finanzas es solo una parte de un rompecabezas complejo. En primer lugar, corregir el déficit fiscal implica sacrificios en el gasto público, lo cual no va separado de decisiones políticas que no son responsabilidad del ministro de Finanzas. En segundo lugar, sincerar el endeudamiento y asumir las consecuencias de haber incumplido la ley en el gobierno anterior, pero en este también, no deja de exponer a algunas personas del actual gobierno. En tercer lugar, reestructurar la deuda pública -que es un objetivo imperioso- implica tomar más deuda hasta fines de año, lo cual es algo que va en dirección contraria al discurso del sector privado. Finalmente, no ahondar el hueco fiscal en el corto plazo podría generar tensiones entre los distintos sectores de la economía; por ejemplo, el comercio, por el tema de sobretasas arancelarias.
No hay que esperar milagros rápidos, el problema es profundo. Hay que trabajar mirando al futuro porque sabemos que el florero nunca lo compone quien lo rompió.