El eterno optimismo del FMI
En abril de 2018, el Fondo Monetario Internacional predijo un crecimiento sostenido de la economía mundial de poco más de 3,9 %, durante ese año y entrado 2019. Según el Fondo, la reactivación global había “ganado fuerza y amplitud”. Pronto fue evidente que esa idea era demasiado optimista. En 2018 la economía mundial solo creció 3,6 %. Y en la última edición de su informe, el FMI reconoce que la desaceleración en curso reducirá el crecimiento global en 2019 a 3,3%. Atribuye la diferencia a factores transitorios; los últimos señalados son las tensiones comerciales entre EE. UU. y China y las incertidumbres relacionadas con el brexit. La idea es que el año entrante el crecimiento volverá a ser 3,6 %. Como señala el Deutsche Bank, los pronósticos del FMI implican que en 2020 la cantidad de países en recesión será la menor de las últimas décadas. Pero las fuerzas causantes de la desaceleración siguen vigentes. El crecimiento global este año estará más cerca del 3 %, con un aumento de tensiones financieras en Europa. Al FMI los pronósticos le siguen fallando porque no mira el panorama general. Las economías avanzadas (que todavía generan unos tres quintos de la producción global) siguen una tendencia de desaceleración más o menos desde 1970. La razón, según Robert Gordon (Northwestern University), es que a pesar de todo lo que prometían las tecnologías modernas, el aumento de productividad en las economías ricas es cada vez más lento, y eso arrastró consigo su potencial de crecimiento. Por eso China se convirtió en factor determinante del ritmo de crecimiento global. Además de su gran tamaño, su economía tiene una amplia red de vínculos comerciales que transmiten su crecimiento al resto del mundo. Pero conforme China se volvió un país más rico, su antes vertiginoso ritmo de crecimiento tuvo necesariamente que disminuir. La dirigencia china, preocupada por la desaceleración de su economía, comenzó una nueva ronda de estímulo. Parece que después de eso hubo un ligero aumento del crecimiento del comercio internacional. Las tasas de crecimiento de Europa registraron una suba, aunque apenas suficiente para aliviar los riesgos de recesión inmediatos. Frente a la disyuntiva entre crisis financiera o menos crecimiento, las autoridades chinas (y el resto del mundo) preferirán una vez más lo segundo. De modo que en los próximos meses una nueva desaceleración de la economía china restringirá el crecimiento mundial otra vez.
A este panorama mundial preocupante se suma el fin en EE. UU. del “subidón” generado por el estímulo fiscal y por la repatriación de fondos corporativos. Y es posible que en Alemania en 2018 y principios de 2019 su economía esté finalmente bajando del pedestal: su industria automotriz basada en el motor diésel tiene dificultades con las regulaciones ecológicas y la creciente competencia del auto eléctrico. Pero el verdadero riesgo está en Italia, con indicadores de crisis todos en rojo. Su crecimiento en productividad es nulo (o negativo), lo que le imposibilita salir de la recesión por sus medios; y el BCE no tiene margen para ayudar. Las absurdas normas presupuestarias de la UE hacen casi imposible un estímulo fiscal. Un temblor en la línea de fractura italiana no tardará en extenderse a Francia, con indicadores apenas un poco mejores, y sin margen suficiente para una respuesta política eficaz a una desaceleración importante. El FMI se muestra particularmente contrario a enfriar el optimismo reciente. Pero frente a un inminente empeoramiento de las condiciones económicas, la autocomplacencia resultará muy costosa.