Emilia

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Emilia

Sin ánimo de enturbiar la Nochebuena, peor la Navidad, me atrevo a pedirle a los ecuatorianos unos minutos de reflexión para intentar penetrar en la estructura sicológica común, tratando de entender nuestro comportamiento social de un tiempo a esta parte.

¿Qué nos está pasando? ¿Porqué nos hemos bestializado y los crímenes se hacen mayores, insuflados por la cobardía, la perversidad y el afán de enriquecimiento rápido, cebándose en criaturas inocentes? ¿Será que el mal ejemplo de las “élites” cunde en otros niveles poblacionales y justifica conductas? (Si son muchos los profesores que violan a sus alumnos, pareciera que no hay nada de malo en ello. Tanto es esto así, que luego de ocurridas las atrocidades, las autoridades los protegen y les otorgan impunidad a sus autores.)

¿Si enriquecerse rápidamente es un deporte nacional cultivado por las “élites” políticas, por qué yo, pobre ciudadano de un rincón remoto de la patria, tengo que mantenerme alejado de la posibilidad de intentarlo? ¿Acaso no se vuelve uno un ciudadano respetable cuando acumula dinero, aunque sea robándoselo al país o traficando drogas? ¿Será que la pésima calidad de la administración de justicia estimula el cometimiento de los delitos, sabiendo que nunca faltará, si hay el dinero suficiente para contratarlo, un abogado que se haga cargo del caso?

Pero, más allá del “entorno sociopolítico, ¿qué está pasando con la mente de los criminales? ¿Son todos ellos anormales, casos patológicos, o se está haciendo visible una degeneración del alma nacional que induce comportamientos aberrantes en seres aparentemente “normales”? Bien sé que lo normal y lo patológico tienen fronteras difusas que a ratos se entrecruzan y hacen difícil distinguir lo uno de lo otro y ello complica las líneas de acción.

Ahora, cuando frente a casos como el que motiva este cañonazo se pide pena de muerte, con un abrazo al dolido pueblo lojano yo digo: NO. ¡Cuidado! Emilia nos duele por su vida arrebatada por un grupo de infelices cuya vida vale tanto como la de Emilia. No podemos proceder como aquellos a los que ahora juzgamos inhumanos. Reflexionemos.