
La dificil tarea de proteger a los Trump
Al dividir su tiempo entre Nueva York, Washington y su palacio en Florida, los muy mediáticos miembros de la familia Trump someten a una dura prueba a los agentes encargados de su seguridad personal.
Al dividir su tiempo entre Nueva York, Washington y su palacio en Florida, los muy mediáticos miembros de la familia Trump someten a una dura prueba a los agentes encargados de su seguridad personal. Caravanas de vehículos pesados con vidrios polarizados, vigilancia 24 horas en la Trump Tower de Manhattan, fines de semana a bordo del Boeing 747 Air Force One, protección a los cinco hijos del mandatario: la factura de esta vasta tarea es confidencial, pero sumamente cara.
La personalidad de Donald Trump, que se vanagloria de actuar sin prevenir a su entorno, complica aún más las cosas.
“Con un presidente que no encaja en el modelo típico del presidente de Estados Unidos, son necesarios más agentes”, dice James Reese, oficial retirado de las fuerzas especiales convertido en experto en terrorismo. “Necesitan planificar descansos para mantener su nivel de alerta máximo”.
La dispersión geográfica agrava las dificultades: la esposa de Donald Trump, Melania, continúa viviendo en el lujoso apartamento de la familia en Nueva York, con su hijo más pequeño, Barron.
Este niño de 11 años se traslada todos los días a la escuela con una escolta del Servicio Secreto (USSS, por sus siglas en inglés), la agencia federal que se encarga de la protección del presidente.
Ivanka, la más conocida de las hijas del magnate, su marido Jared Kushner y sus tres niños viven en una despampanante residencia en Washington, vigilada día y noche. Cuando él o ella van a la Casa Blanca, convoyes motorizados del USSS los siguen de cerca.
Eric y Don, los dos hijos del presidente que administran el imperio inmobiliario Trump, también están bajo protección del USSS, incluso cuando se desplazan al extranjero, donde van acompañados de una cohorte de agentes de seguridad. Los dos hermanos inauguraron un hotel en Vancouver en febrero, junto a sus respectivas esposas y a su hermana Tiffany, y abrieron en Dubái un campo de golf. Poco antes, Eric Trump visitó un proyecto turístico en República Dominicana.
En marzo, Don, Eric e Ivanka esquiaron en las montañas Rocosas, en Aspen, la estación del jet set estadounidense. Unos 100 agentes habrían sido movilizados en esa ocasión.
Según el Aspen Times, el USSS alquiló equipamiento de esquí por 12.000 dólares para seguir a los Trump y sus hijos en las pistas.
El último viaje hasta la fecha de uno de los hijos del presidente, el realizado la semana pasada por Eric Trump a Dublin, costó al Servicio Secreto $ 4.030 en limusinas y $ 11.261 en alojamiento, según la cadena CBS. El número de personas colocadas bajo responsabilidad de la agencia de élite aumentó 40 %, según el New York Times.
“Están completamente agotados”, dijo al diario el legislador Jason Chaffetz, mientras su colega Elijah Cummings evocó la imagen de “una bicicleta de la cual uno no se puede bajar” para hacer referencia a los agentes.
Los agentes deben alquilar locales en la Torre Trump, sobre la Quinta Avenida, o carros de golf cuando el magnate presidente se halla en su palacio de Mar-a-Lago, en Florida. Desde que asumió el poder el 20 de enero, Trump pasó allí siete de los 13 fines de semana transcurridos.
Para acceder a Mar-a-Lago, un edificio construido en la década de 1920 entre una laguna y el mar se requiere una logística complicada, incluidos cortes de ruta en ejes viales importantes y muy frecuentados de Palm Beach.
El que el sitio esté abierto al público plantea otro enorme desafío de seguridad. El USSS, respaldado por las fuerzas de la policía local, moviliza a numeroso personal, mientras los guardacostas deben desplegar buques armados en ambas orillas. En comparación, la residencia oficial de vacaciones del presidente de EE. UU. en Camp David, Maryland, “está aislada y es mucho más difícil de llegar a ella”, explicó.
El USSS no ha brindado datos sobre el costo de los fines de semana del presidente en Mar-a-Lago. En 2013 un desplazamiento de Barack Obama a Palm Beach costó tres millones de dólares.