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Derechos, sin reciprocidad

Ahora, cuando está en el debate la construcción de una nueva Ley Orgánica de Educación, resultaría prudente que los legisladores analizasen y definiesen bien el tipo de niño y adolescente que queremos obtener como resultado de la aplicación del proceso educativo.

En efecto, cuando un púber de 12 o 13 años amenaza la vida de una directora distrital recordándole que para él aquella valdría $ 6 o $ 7 dólares; cuando dos estudiantes atentan contra la vida de un rector en Santo Domingo de los Colorados; cuando se faltan y agreden a profesores; cuando los niños y jóvenes son instrumentalizados por adultos con delincuenciales objetivos, conviene que definamos situaciones y nos quitemos las máscaras, dejando claro que los estudiantes están en proceso de formación y que por tanto, sí que gozan de derechos, pero también deben responder ante sus faltas.

Basta de hipocresías y de enmascarar en el discurso cómplice de los derechos y su respeto, las oportunidades de utilizar a niños y jóvenes para que trafiquen droga, para que cometan delitos, para que violen y violenten, para que caigan fácil en adicciones. Seguro quienes los manipulan, piensan que al ser menores nada serio o grave como sentencia o castigo se puede esperar.

Es claro que los derechos deben ser exigidos, pero también es claro que tienen coexistencia con las normas y el cumplimiento cabal de los deberes de cada quien a fin de evitar la prepotencia y el abuso de unos para con otros.

La exacerbación de los derechos está llevando a niveles inusitados el actuar del niño y del adolescente: ¿No vemos acaso cómo cada vez más hijos matan a padres? ¿Cómo alumnos agreden y faltan a maestros o a quien se ponga por delante?

Paremos de construir un mundo en el que no existe el equilibrio o llegará el punto en que extrañemos a los padres autoritarios, golpeadores y a una educación domesticante. Que prime la razón, que prime el respeto, pero en el entendimiento de que ambos son de doble vía y que hay conceptos como el de “autoridad” que no deben ser violentados.

Derechos sí, pero normas y respeto también.