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Cuatro decadas sin Joan Crawford

Una de las grandes leyendas del cine dorado de Hollywood murió triste, sola y olvidada por la industria del espectáculo.

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El próximo 10 de mayo se conmemorarán cuatro décadas del fallecimiento de una de las máximas leyendas del cine estadounidense, Joan Crawford, cuyo verdadero nombre fue Lucille LeSueur.

La mítica artista nacida en Texas y que murió a los 71 años en su departamento de Nueva York fue un caso singular en Hollywood, pues se mantuvo activa por cinco décadas adaptándose a todos los cambios que experimentó el séptimo arte.

Representó en los inicios de su carrera a la chica flapper que bailaba charleston, luego caracterizó a la joven obrera que con determinación y ambición llega a triunfar en la vida, posteriormente en su etapa madura protagonizó furibundos melodramas en los que interpretaba a personajes conflictivos o a la víctima de hombres infelices que se aprovechaban de ella. En sus últimos años se especializó en filmes de horror que a excepción de Qué pasó con Baby Jane (1962) no aportaron en nada a su trayectoria. Casualmente esta cinta fue el pretexto de Ryan Murphy para revivir a esta actriz en la miniserie Feud que alcanzó el mes pasado altos índices de sintonía. La producción no solo habla de los entretelones que envolvieron a esta cinta que Crawford protagonizó con Bette Davis, sino también su ocaso. La revista Vanity Fair reprodujo esta semana algunos de los episodios más tristes de la vida de la artista que adoptó cuatro hijos, a dos de los cuales los dejó fuera de su testamento.

EL PRINCIPIO DEL FIN

La ganadora del Óscar por Mildred Pierce (1945) puso punto final a su carrera en 1970 con una vergonzosa cinta llamada Trog. En 1973, Pepsi obligó a Crawford a retirarse como portavoz de la compañía –una noticia de la que la actriz se enteró leyendo las páginas del New York Times–. El fin de esta relación contractual significó que la actriz no volvería a recibir “gastos cubiertos de hasta 40.000 dólares, auto, secretaria y el uso del avión privado de la compañía”, según el libro The Divine Feud. Para compensarlo, la actriz famosa por su glamour, fascinante rostro y fuerte carácter, se mudó a un departamento más pequeño en el mismo edificio y recortó los gastos de su antes lujoso estilo de vida. El golpe final para el ego de Crawford llegó al año siguiente, cuando una mala foto suya fue publicada en el periódico al día siguiente de una fiesta donde se presentaba un libro de John Springer. Crawford estaba tan horrorizada cuando vio las imágenes que se impuso un autoexilio.

SIN TRABAJO, VIDA SOCIAL NI AMIGOS

A partir de 1974 Crawford se encerró en su departamento y se mantuvo ocupada respondiendo las cartas de sus fans. El director George Cukor recordó que llamaba tarde, por la noche, y “me rogaba que le asegurase que volvería a trabajar algún día”, según publicó The Divine Feud. “Necesitaba lo que todos necesitábamos: otro trabajo, otra película, la oportunidad de crear, de mantenerse ocupada, de dejar de pensar en nosotros mismos y nuestro pasado”. Incluso uno de sus biógrafos, Lawrence J. Quick, se cansó de las llamadas a altas horas de la noche, durante las cuales la actriz parecía estar “borracha de vodka, mandona, exigente, neurótica e imperiosa”. Quick declaró: “Lamenté su soledad y su infelicidad, pero aquello era demasiado”.

SU CÁNCER DE PÁNCREAS

Quien fuera una de las mayores estrellas de los estudios MGM dejó de beber cuando se enteró de que tenía cáncer de páncreas pero, para mantener su imagen, se negó a confesar su enfermedad. No necesitaba la simpatía de nadie y así se lo hizo saber a su biógrafa Charlotte Chandler: “Me gustaría ser un gorila anciano o un elefante. He oído que cuando saben que han llegado a sus últimos días se alejan para estar solos y sencillamente desaparecer. En lo que a mí respecta, es una gran idea. No sé cuándo moriré, pero sé dónde moriré”, continuó. “En mi casa, en mi cuarto”.

LA ANÉCDOTA

En una ocasión, llamó a dos críticos de cine del New York Daily News y los invitó a beber en su departamento. Uno de ellos explicó en el libro The Divine Feud: “La puerta se abrió y allí estaba esta anciana con un camisón y zapatillas. Era ella, mirándonos como si acabase de salir de la ducha”.

Bebieron y comieron una tartaleta servida en platos de cartón y se fueron decepcionados de su ídolo. “Nos hirió ver a alguien a quien admirábamos tanto, desesperadamente sola”.

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