La crisis se evidencia

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La crisis se evidencia

Aunque los datos sobre empleo y desempleo en el Ecuador, proporcionados recientemente por el INEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), dieron lugar a sendas portadas de los medios de comunicación colectiva, destacando el crecimiento del subempleo y en algunas regiones también el incremento del desempleo, dicha información no sorprende a la ciudadanía que vive cotidianamente las consecuencias de la crisis económica, al fin admitida formalmente por las altas autoridades del nuevo gobierno.

En efecto, tal cual se ha destacado en una metáfora muy elocuente: la mesa no estaba servida. En ella solo quedaron visibles las consecuencias del despilfarro y la irresponsabilidad con que se manejaron las finanzas públicas durante la “década perdida”, incluyendo en ese comportamiento hasta la manipulación de las cifras, en ánimo de no admitir el fracaso de la conducción de la economía, pese a los grandes ingresos que el alto precio del petróleo permitió disfrutar.

Mientras tanto, más allá de la confirmación oficial del creciente subempleo y también del desempleo en ciudades como Guayaquil, es igualmente evidente, aunque no se lo admita en las esferas gubernamentales, que otro factor coadyuvante para la actual negativa situación fue la inmensa corrupción imperante que significó que enormes cantidades de dineros públicos se destinen, por la vía del sobreprecio en las obras de infraestructura y en las negociaciones del petróleo, a financiar sobornos, concibiéndolos como “propinas o acuerdos legítimos entre privados”.

Ahora, a más de sancionar a los corruptos para que la impunidad no estimule reincidencias y se logre de nuevo “poner de moda la honradez” toca, con toda la información que se posea, adecuar las necesidades a los recursos y reajustar el presupuesto para lo que resta del 2017, mientras se prepara la proforma del 2018 que, a más de los indispensables recortes del gasto público destinado a obras imprescindibles, tendrá que considerar los mecanismos que estimulen la inversión requerida para continuar fomentándola por la vía de la inversión privada nacional y extranjera. Sin duda, un factor clave para intentar conseguirlo es generar confianza y ella solo surge a partir de la visible coherencia entre lo que se proclama en el discurso y lo que se hace en la práctica.