Cpccs

Avizorábamos una pequeña luz en el horizonte a la salida de un túnel de 10 años de oscurantismo, que nos dejó el que se fue y que estaba lleno de víboras, buitres, vampiros y toda clase de alimañas, cuyas uñas y dientes, extremadamente afilados, socavaron la moral de la nación y cual retroexcavadoras odebrechtianas, rasquetearon nuestro erario y recursos hasta el fondo, y se cargaron impunemente por sacos el dinero de los ecuatorianos.

El 4 de febrero, en un acto vibrantemente cívico, el pueblo mayoritariamente e ilusionado en que algún día vería brillar el orden, la moral y la justicia, eligió como opción el tener un Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, que a diferencia de aquel que estuvo conformado por obsecuentes servidores del dictador, estuviese estructurado con ciudadanos probos, con experiencia, no comprometidos políticamente y llenos del deseo de servir con responsabilidad y entusiasmo a sus electores; y que actuando de manera transitoria, hiciese sentir el peso de la justicia y la ley hasta el futuro nombramiento de sus miembros definitivos.

Tan pronto ha empezado a actuar bajo la presidencia de Julio César Trujillo, jurisconsulto brillante, maestro emérito, hombre de carácter firme, temple valeroso y ciudadano de grandes ejecutorias, esas hienas dispersas, enseñoreadas y mal acostumbradas al poder, junto con las viudas plañideras cual exquisitas exponentes de un velorio medieval, han comenzado a rasgarse las vestiduras y a protestar por las decisiones tomadas por el Consejo, acudiendo a instancias jurídicas para invalidarlas, basándose en derechos inexistentes.

Son la mayoría de los correístas con tremendos rabos de paja los que encabezan las protestas y no quieren que se descubran sus andanzas, lideradas entre otros por Gustavo Jalkh, sobre quien Julio César sentenció diciendo: “Jalkh y toda su caterva de cómplices de violación permanente de los derechos humanos no nos va a detener”.

El Cpccs, dada su posición supraconstitucional, solo tiene que rendir cuentas al soberano que lo eligió. ¡Todos sus detractores a callar!

Y sigo andando...