Las cosas por su nombre

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Las cosas por su nombre

Desde aquello, bíblico, de “la verdad os hará libres”, con el que emprendí mi búsqueda de la libertad personal, con altos costos de todo tipo, hasta el “descubrimiento” de Michel Foucault y su prédica de “el coraje de la verdad” y la parresía, creo que he tratado de ponerle autenticidad a mi palabra, escrita o hablada.

Con esa línea como actitud, discúlpeme el lector por expresar mi malestar por el campeonato de rabos de paja que se desarrolla delante de nuestros ojos sin que, al final del mismo, no tengamos otro resultado que impunidad.

El presidente Moreno replicando las acusaciones que contra él han vertido algunos descalificados que a su tiempo, llamaron acuerdo entre privados a los actos de corrupción que ahora se ha develado como tales, llama tramas a otra serie de actos bochornosos que incluyen desde asalto a los fondos públicos y hasta asesinatos.

¿Qué va a hacer la fiscal con todas esas “tramas” denunciadas ahora por el presidente de la República?

Pero también: ¿qué va a hacer la República, esto es todos y cada uno de sus ciudadanos, esto es: todos y cada uno de nosotros, con ese cuantioso lodazal vertido de golpe a consideración pública?

No cabe que la única reacción sea escandalizarse o el comentario, digamos que sagaz, de que el presidente Moreno ha caído en lo que hace poco criticaba como negativo: eso de entrar en la vida familiar como argumento de la acción política. El espionaje al que ha sido sometido el presidente Moreno da para irritarse: la vida familiar es sagrada. Me sumo a la protesta pero entonces, por qué la vida familiar de Correa tiene que ventilarse desde la palabra presidencial y dicho sea, no de paso, sino con indignación, ¿por qué tanta miserable actividad delictiva sigue siendo solo comentario y no hay nadie en la cárcel?

Yo que tengo la piel curtida en tantas batallas políticas y tantos días duros, por diversas circunstancias que me ha tocado transitar, siento vergüenza ajena de la batalla verbal que se contempla no sin asombro, no sin sentir un gran bochorno.

Solo el baño lustral de la verdad puede devolverle dignidad a nuestra maltrecha republiquita.