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Diario Expreso Ecuador

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Castillo de arena

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En 1999, año de triste recordación, la economía ecuatoriana registró un decrecimiento de 4,5%. Tomaría tres años antes de volver a los niveles de actividad alcanzados en 1998.

Hoy el Fondo Monetario Internacional anuncia que entre 2016 y 2017 la economía ecuatoriana decrecerá 4,5 % y 4,3 % respectivamente, cifras que se constituyen en el legado de este Gobierno para el que le seguirá.

En aquel entonces, como causas próximas del descalabro, se conjugaron la caída del precio del petróleo, los daños causados por El Niño a la infraestructura, la afectación colateral de las exportaciones no petroleras, el pobre manejo fiscal, y la eventual afectación y colapso del sistema financiero. Dieciséis años después la mezcla del cóctel es diferente, pero el efecto explosivo es potencialmente más peligroso.

Es una tendencia marcada que se viene dando desde 2013 y 2014, años en los cuales las tasas subyacentes de crecimiento (esto es substrayendo los efectos del endeudamiento) ya fueron negativas. En 2015 el Banco Central insistió en presentar una tasa de crecimiento de 0,3 %, cifra carente de sustento técnico.

Los azotes del milenio fueron la inflación, la quiebra de las empresas y el desempleo, que provocaron la migración masiva de ecuatorianos.

Hubo entonces un colapso financiero, hoy el colapso es fiscal. Es el Estado elefantiásico que se desmorona cual castillo de arena, carente de bases y abandonado en la playa a merced de las olas.

El azote es la paralización económica que se riega a las extremidades del cuerpo económico, acompañado de la masiva iliquidez en la que los ecuatorianos se desenvuelven a diario.

Pero por sobre todo, el problema es mental, pues se origina en la inacción gubernamental que se aferra a la negación de la realidad e insiste en que el modelo revolucionario tiene posibilidades de salir adelante. No es así, lo repetimos. Si alguna vez pareció funcionar fue por circunstancias inéditas, no como consecuencia de ninguna fuerza intelectual o creativa.

Hoy, pasada la bonanza, queda al descubierto la falta de sapiencia en el manejo de temas que son de interés de todos los ecuatorianos.

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