Automatizacion y el liderazgo de EE. UU.

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Automatizacion y el liderazgo de EE. UU.

Hasta no hace mucho, había dos explicaciones distintas del desempleo: la teoría keynesiana de la escasez de demanda, que sostiene que los trabajadores quedan “involuntariamente” desempleados cuando la sociedad no tiene dinero para comprar los bienes y servicios que producen; y la idea, generalmente asociada con la Escuela de Chicago, de que el desempleo es una elección voluntaria de ocio en vez de trabajo, cualquiera sea el salario. Pero ahora comienza a cobrar vuelo una tercera explicación: la reducción de oportunidades de trabajo a tiempo completo y de los salarios reales se debe a la automatización; los robots se están quedando con los empleos de los seres humanos. Esta es una nueva variante del muy antiguo problema del desempleo tecnológico, pero merece atención porque no se puede resolver con respuestas políticas convencionales. El discurso “oficial” considera que el cambio acelerado es inevitable. Según numerosas instituciones, centros de estudio, comisiones especiales, etc., la automatización y la inteligencia artificial pronto eliminarán o alterarán una cantidad grande pero impredecible de trabajos humanos. Al mismo tiempo, la adopción de nuevas tecnologías se considera necesaria para el éxito geopolítico y competitivo de los países. De modo que los cambios en las pautas de trabajo previas deben ser aceptados y “mitigados”, adecuando la educación y los sistemas de seguridad social (“seguros portables”) a las necesidades de un mercado laboral dominado por la automatización. Así dice un nuevo informe del Consejo de Relaciones Exteriores (El trabajo por delante: máquinas, habilidades y liderazgo estadounidense en el siglo XXI). Como muchos otros informes, parte de supuestos tácitos y llega a conclusiones anodinas. Sin embargo, roza un tema importante: la relación entre desempleo cíclico y el problema a más largo plazo del desempleo tecnológico, y acierta cuando considera que una política de “pleno empleo” es necesaria (pero no suficiente) para que la gente acepte la automatización, y que la economía estadounidense solo tuvo pleno empleo durante un 30 % del período transcurrido desde 1980, contra 70 % entre fines de los cuarenta y 1980. Para “mitigar” el problema el informe propone la política monetaria (aunque esto haya fallado sistemáticamente), y para preparar a la gente para el empleo algorítmico solo se nos dejan las medidas microeconómicas usuales: usar “big data” para emparejar a las personas con los empleos que necesitan para seguir siendo consumidores. En cuanto a educación, el informe exhorta a empleadores y universidades a trabajar juntos para crear “líneas de producción” de talentos. Al final, el informe nunca decide si el empleo flexible de la “economía del trabajo temporal” representa escasez keynesiana de demanda, elección voluntaria de trabajo a tiempo parcial y autoempleo, o avance no deseado de la automatización. Y aunque admite que la globalización y el dinamismo tecnológico dejaron a gran parte de la población y el territorio de EE. UU. desfavorecidos en cuanto a patrimonio, ingresos y autoestima, el remedio que propone es redoblar esfuerzos actuales para poner a los “rezagados” a la par. Personalmente concluiría que el objetivo es mejorar lo más posible la situación general; entonces es imprescindible cierta desaceleración de la globalización y de la automatización. Todos los ciudadanos tienen derecho a que no se los abandone, y la defensa de ese derecho no debe sacrificarse en nombre de cálculos en gran medida falaces sobre cómo puede afectar al liderazgo global estadounidense un freno a la automatización.