Editoriales

Vender bajo radar

Que no castigue a los que más han arriesgado abriendo negocios y respetando todas las disposiciones.

Una mujer con el tinte a medio poner en el cabello es desalojada de una peluquería junto a la dueña del local. Un riachuelo de puestos de frutas y vegetales frescos prolifera por las calles. Las dos son instantáneas tomadas y publicadas por EXPRESO. Las dos hablan de la necesidad del pequeño comerciante de salir adelante. Las dos muestran a una ciudad y un país que no pueden permanecer más tiempo parados porque el hambre y la quiebra no esperan alegremente a que se despeje el panorama sanitario.

¿Cuál es la diferencia entre ambas? La intervención de la autoridad. Si está prohibido abrir una peluquería pequeña donde apenas cabe la dueña y la clienta, o un puesto de venta de cualquier tipo de artículo que hace unas transacciones tan gota a gota que no se forma ni fila, ¿por qué no se interviene también para desmantelar la venta informal -sin pago de impuestos, ni rol, ni afiliación, ni permisos, ni tasas- de alimentos en la calle? Todos necesitan trabajar y nadie, con un mínimo de conciencia social, puede oponerse en este momento a que una persona o una familia busque recursos para obtener algún ingreso. Pero si la autoridad levanta la mano para unos, que lo haga con todos. Que no castigue a los que más han arriesgado abriendo negocios y respetando todas las disposiciones.