You may quote me…
No se trata solo de argumentar teorías sino de hallar dónde la idea se cruza con el lector, pues lo aparentemente racional no siempre alcanza para impactar

Tal vez por eso mis columnas han ido y seguirán cambiando. Sigo creyendo en Hayek, Friedman y Tocqueville, pero cada vez me interesa más encontrar, detrás de sus ideas, al ser humano que las vive.
En Harvey, la película de 1950 protagonizada por James Stewart, Elwood P. Dowd es un hombre amable, soñador y de enorme corazón. Su inseparable compañero es Harvey, un conejo de casi dos metros que nadie, salvo él, parece ver. Elwood recuerda algo que su madre le decía: “Hace años, mi madre solía decirme: ‘En este mundo, Elwood -siempre me llama Elwood-, tienes que ser muy, muy inteligente o muy, muy agradable’. Bueno, durante años fui inteligente. Te recomiendo ser agradable. Puedes citarme”.
‘You may quote me’.
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Durante muchos años he escrito sobre múltiples temas conceptuales; economía, libertad, instituciones y mercados. Son ideas en las que creo profundamente. Pero he descubierto algo sobre el oficio de escribir: lo aparentemente racional no siempre es suficiente para impactar en ustedes, los lectores.
Generar identificación en el lector
Una columna puede tratar de argumentar sobre alguna teoría económica o algún concepto filosófico y aun así no dejar huella. Otra puede hablar sobre alguna vivencia personal, alguna experiencia, historia o mitología y hacer que alguien se sienta identificado porque encuentra allí algo de su propia vida. Quizás ese sea el verdadero desafío; no solamente tratar de transmitir la racionalidad de una idea, sino encontrar el lugar en el que la idea se encuentra con la vida de quien la lee.
Hace poco, leyendo un compendio de 100 fragmentos del mundo clásico, encontré una reflexión de David Hernández de la Fuente que me hizo pensar precisamente en esto. Sostiene que, al tomar decisiones, buscamos orientación en personas, libros, clásicos, historia y en las emociones más profundamente humanas. Elegimos a nuestros maestros y referentes y, de alguna manera, también a quienes queremos que nos acompañen desde el pasado.
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Goethe llamó a esa misteriosa correspondencia “afinidades electivas”. Tal vez por eso elegimos aquellos autores, personajes e historias -o ellos nos eligen- con los que sentimos una conexión. Por eso seguimos leyendo a Homero, Sófocles, Virgilio o Plutarco. No porque pertenezcan al pasado, sino porque siguen hablando de nosotros.
Los seres humanos detrás de las ideas
El mundo clásico no es un museo físico en Grecia o Italia. Es una de las raíces de nuestra civilización. Grecia nos legó la filosofía, la razón y la virtuosidad; Roma, el derecho, la ciudadanía y la idea de república. Sobre ese legado se edificó la tradición judeocristiana, con su concepción de la persona, la responsabilidad y la libertad. De esa confluencia nació buena parte de Occidente.
Por eso, cuando escribimos sobre libertad, no hablamos solamente de actitud ante la vida. Hablamos de una historia mucho más antigua; de hombres que se preguntaron qué significa vivir bien, qué límites debe tener el poder y qué significa ser verdaderamente libres.
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Tal vez por eso mis columnas han ido y seguirán cambiando. Sigo creyendo en Hayek, Friedman y Tocqueville, pero cada vez me interesa más encontrar, detrás de sus ideas, al ser humano que las vive.
Quizás ese sea mi nuevo desafío: escribir menos para demostrar que soy ‘smart’ y un poco más para intentar ser ‘pleasant’. No renunciar a las ideas, sino hacerlas humanas. Porque al final, como Elwood comprendió, cada uno necesita algo que lo acompañe en el camino: un maestro, un libro, un recuerdo, una historia… o incluso un conejo invisible de casi dos metros.
‘You may quote me…’.