Nuestros viejos en tiempo de pandemia

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Nuestros viejos en tiempo de pandemia

'Nuestros viejos merecen más de lo que damos. Merecen más tiempo, paciencia, cuidados. Un esfuerzo mayor de todos, sobre todo de quienes tenemos hijos y quizá no estemos ofreciendo el mejor ejemplo'.

Mi madre de 80 y tantos (mejor no preguntar los “tantos” so pena de un mal gesto) se impuso ante sus hijos y nietos con duros argumentos para acogerse voluntariamente a una cuarentena en su casa, en Machala. En la misma casa de la vía al Puerto, donde crecí con mis hermanos y donde conoce a todo el vecindario. Se le hará más fácil, ha dicho, porque los juegos de bingo se han suspendido (los nietos la llaman -la reina del bingo-) y los familiares de sus amigas las han convencido de posponer las reuniones. –Tengo mis plantas -me dijo- y las telenovelas. Me recordó además que ella lee de cabo a rabo los periódicos y recibe muchas llamadas. Detrás de ese discurso, amoroso y firme, puedo intuir una especie de aceptación malentendida e injusta, de decirse a sí misma ‘soy adulta mayor’ y creer por tanto que son los jóvenes quienes deben tener las mejores oportunidades.

Cómo me duele que se piense así y cómo reprocho a esta sociedad de la que formo parte, haber generalizado que los viejos tienen menores derechos, aunque no nos atrevamos a reconocerlo como cierto.

¿Qué hubiera pasado si fuesen los jóvenes el blanco predilecto del coronavirus? No queremos ni imaginarlo, ¿verdad?

Nuestros viejos merecen más de lo que damos. Merecen más tiempo, paciencia, cuidados. Un esfuerzo mayor de todos, sobre todo de quienes tenemos hijos y quizá no estemos ofreciendo el mejor ejemplo.

Las estadísticas oficiales en Ecuador revelan que al menos 1´200.000 ecuatorianos son adultos mayores, es decir, tienen más de 65 años de acuerdo a las proyecciones del Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censos, INEC. De ellos, la mitad vive con un hijo, y el 11 % solos. Un reciente análisis internacional sobre la vejez estima que 7 de cada 10 ancianos sufren sensación de desamparo. No es difícil imaginarlo. Basta visitar cualquier casa de retiro para saber que la soledad es la primera enfermedad de nuestros viejos.

Cerca de donde vivo hay una casa hogar para adultos mayores y solo los domingos (¿únicos días de visita?) advierto carros en las aceras cercanas. Entiendo que se está volviendo común, como ocurre en el Primer Mundo, no mantener a los viejos en las casas siempre que haya dinero para pagar por su cuidado. En su defecto, los hijos o familiares que se encargan de sus mayores adquieren una enorme responsabilidad, muy pocas veces valorada. Pero en todos los casos, los mayores van entrando en un mundo de soledad donde aparece la vulnerabilidad física y biológica que hoy se esgrime para entender por qué la pandemia del coronavirus se ha ensañado contra ellos.

Leemos y oímos recomendaciones oficiales de mantenernos alejados de los adultos mayores, de “protegerlos” de la posibilidad del contagio, de ser estrictos con la política de distanciamiento social que aconseja –quedarse en casa- como el mejor método para evitar la transmisión del virus. Ojalá todo esto no ahonde en la indiferencia que lleva consigo la sociedad del descarte vigente, donde los viejos valen simplemente menos.

Los científicos del mundo coinciden en que no estamos en el máximo de la pandemia, sino en el inicio y que la política del aislamiento para frenar la transmisión puede durar mucho más tiempo del planificado. Sin duda, es un tiempo donde estaremos reaprendiendo a vivir y quizá cambiando el orden de las prioridades. Entre 4 paredes habrá la posibilidad de pensar y repensar… Saramago decía que al mundo le hace falta filosofía, me atrevo a agregar que también le hace falta piedad, solidaridad, empatía.

Mientras termino estas líneas mi madre me llama por teléfono. Me quiere contar que el taxista que le lleva la comida no llegó y que está pensando seriamente contratar a otro más cumplido. Me pregunta por mi hija Amelia (18 años), y si está menos aburrida. Que habló con ella más temprano y le recomendó sacar la caja de damas chinas y el parchís o monopolio. Al escucharla me lleva a la infancia, cuando no había celulares, ni Netflix, ni aplicaciones por internet, ni siquiera internet… No soy de las que dice que los tiempos idos eran mejores, ¡no!, reconozco sin embargo que no hemos terminamos de aprender de ellos. En épocas de pandemia, estamos obligados a reaprender a vivir y ojalá eso signifique también tratar de otra manera a nuestros viejos. Total, todos vamos a convertirnos en ellos, siempre que el coronavirus no siga azuzándonos como una sombra mortal.