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El síndrome de El Cortijo

Es como escribir un contrato de compraventa y poner una cláusula que diga: ‘las partes se comprometen a no robarse’. ¿No se sobrentiende?’.

Lo raro de ver a correístas y socialcristianos defender con tanta enjundia el acuerdo que se les vino abajo porque Guillermo Lasso se retiró a tiempo, es que cada quien parece hablar de un acuerdo diferente. En la conversación que tuvo este lunes con Jimmy Jairala (el amigo que le prestó el partido), Rafael Correa se refirió a una “comisión de la verdad” que tenía todo que ver con la persecución política de la que dice ser víctima y que no es otra cosa que la acción judicial y policial que le corresponde por corrupto. Acabar con lo que él y los suyos llaman “lawfare” era, según dijo, parte del acuerdo. Impunidad por votos.

¿Lo era?, se extraña Nebot. El acuerdo, según él, no pretendía sino hacer del Ecuador un paraíso en la tierra; qué más podrían buscar correístas y socialcristianos juntos. Algo mencionó Correa, sí, de una “comisión de la verdad”, recuerda vagamente, pero “Yo creo que se equivocó”, porque comisión de la verdad es otra cosa, ¿no? Tema zanjado. Más aún: la impunidad no solo que no estuvo considerada sino que fue expresamente excluida en el texto final del acuerdo, mire, lea usted. Y saca un papelote preparado para la ocasión: “Este acuerdo legislativo rechaza la impunidad”. Magnífico. Como redactar un contrato de compraventa y poner una cláusula que diga: las partes se comprometen a no robarse. ¡Cómo! ¿No se sobrentiende?

Está claro que todo es nada más que un juego de palabras. En eso Nebot es un experto. Por eso termina siendo una farsa monumental verlo rasgar sus vestiduras ante lo que considera es el gran crimen de Guillermo Lasso: no cumplir con su palabra. No hay problema con acordar la impunidad de un prófugo de la justicia, sentenciado por delitos contra la fe pública; no hay problema con la práctica de los pactos bajo la mesa sobre términos ilegítimos e inconfesables. Lo intolerable, dice Nebot, es no cumplirlos.

Porque nada es tan valioso como la palabra, dice mientras pacta (¿conspira?) con el expresidente que hizo de la palabra un trapo sucio que manipuló a su voluntad. Y queda claro que “la palabra” es, para él, un concepto que pertenece a la misma esfera de valores que “los cojones”. Un desplante de gallito.

Tanto se parecen Nebot y Correa que se admiran. Pero se pesan uno al otro. Les cupo la desgracia de ser contemporáneos en su ocaso. Ambos aspiraron a un retiro político de patriarcas en jefe desde el cual seguir manejando los hilos que interesan en el tinglado de la República. Jubilados del ruedo electoral, se reservan a sí mismos el papel de dirimentes a control remoto. Como aquellos señores feudales del Sacro Imperio a cuyos castillos de Baviera o de Sajonia peregrinaban los príncipes electores con la esperanza de poner en marcha, por su merced, ciertos ocultos engranajes del poder cuyos resortes solo ellos controlaban. O mejor aún: como León Febres-Cordero en El Cortijo. ¿Cabe imaginarse algo más cómodo y provechoso que gobernar sin salir de casa? Pero si Febres-Cordero ejerció ese privilegio sin conocer rival que se le igualara, a Jaime Nebot y Rafael Correa les ha tocado en suerte el uno al otro. No tienen más remedio que compartir influencia y poder. Lo que acaban de intentar es nada más que cumplir con el destino que les estaba reservado: convertirse en uno.