Indignación de un viejo zorro

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Indignación de un viejo zorro

En su profunda estupidez, si fuera el caso. Los amantes de la ley de comunicación correísta quieren cronistas sin perspectiva. Y sin perspectiva no hay periodistas: hay notarios

Hay una cosa que los políticos ecuatorianos de esta decadencia lumpemparlamentaria que vive la República difícilmente pueden soportar: verse en el espejo. Acostumbrados a contemplarse a sí mismos a través del cristal deformante de los elogios (para lo cual gustan de rodearse de aduladores aún más pequeños que ellos mismos), suelen resentirse en lo más íntimo de su ser cuando alguien se atreve a describirlos como son. Verse cómicos ahí donde se creían serios; descubrir la rabiosa ridiculez de aquella postura que habían juzgado tan solemne; sonar como Cantinflas cuando pretendían haber hablado como Schopenhauer… No. Los políticos ecuatorianos de esta decadencia no están preparados para tanto. Por eso el correísmo inventó, para ellos, sin importar su orientación ideológica o su filiación partidaria, la ley de comunicación más estúpida que concebir se pueda; una ley basada en el profundo desconocimiento de su objeto: el periodismo; una ley que, aún después de haber sido despojada de sus artículos más alevosos y represivos, continúa dando lugar a interpretaciones insulsas.

Miren esta: el asambleísta socialcristiano Luis Almeida, mediante carta dirigida a la redacción de este periódico, protesta ofendidísimo por una crónica de este columnista en la que se lo alude con el apelativo de “viejo zorro”, que otros quizá podrán considerar elogioso y el juzga como “delito de odio”. Y dice: “la expresión que el periodista usa en una nota informativa al calificarme de viejo zorro, no se puede verificar ni contrastar con ninguna fuente”. Estamos ante la reducción ‘ad absurdum’ de una ley de comunicación correísta en su versión más caricaturesca. Una que, de tanto haber cuadriculado la realidad, termina siendo incapaz de nombrarla.

En esta visión cuadriculada del oficio (o mejor: esta visión disminuida del oficio que corresponde a esta visión cuadriculada de la realidad) hay un género imposible: la crónica. No puede ser un género informativo puro, como quiere la ley correísta, pues no se puede concebir narración sin punto de vista. Tampoco es un género de opinión propiamente dicho, pues no puede desprenderse de los hechos que relata. La crónica es, simplemente, el justo medio entre información y perspectiva, el punto exacto en el que resulta no solo posible sino necesario llamar viejo zorro a un viejo zorro. Porque la figura literaria, la analogía, la metáfora, son herramientas legítimas e indispensables de la crónica aunque no se puedan verificar. Precisamente porque no se puede.

Es la perspectiva, el punto de vista, aquello que la crónica tiene de opinión y a lo cual no puede sustraerse, lo que le vuelve un género incómodo. Los Almeidas del país quisieran cronistas que contaran una sesión de la Asamblea, por ejemplo, en su más crasa formalidad administrativa. Ellos creen que un discurso parlamentario es noticia en tanto discurso parlamentario. Es decir: que lo que diga Almeida es importante porque lo dijo Almeida, el asambleísta. Para un cronista de verdad, en cambio, la noticia de un discurso parlamentario puede residir, por ejemplo, en su ridiculez. En su vacuidad. En su profunda estupidez, si fuera el caso. Los amantes de la ley de comunicación correísta quieren cronistas sin perspectiva. Y sin perspectiva no hay periodistas: hay notarios.