Columnas

Una historia sin final feliz

'¿Quién puede parar esta tendencia corrosiva y peligrosa?'

El mensaje decía: “Amo los finales felices”. Y abajo, un vídeo. Son imágenes de una cámara de vigilancia instalada detrás de un mostrador donde atiende una cajera. No en el Ecuador, quizás en Brasil. Entra un hombre y le apunta nerviosamente con una pistola. Un cliente de camiseta, bermuda y chanclas, saca su propia arma de fuego y le descerraja fríamente el cargador en la cabeza. Uno, dos, tres, cuatro tiros. Dos cómplices que aguardaban junto a la puerta huyen despavoridos. El asaltante queda tendido en el piso. ¿Final feliz? Así parece, dada la alborozada reacción de los cibernautas. “Bien, así se plomea, sin asco ni remordimiento”, dice uno. “Pues así deberían caer todos los ladrones”, apunta otra, que por cierto tiene cargo de asesora en la Asamblea Nacional. “Feliz Navidad amigos”, celebra un tercero, pues el mensaje (se trata de un tuit) fue subido a la Red el pasado 24 de diciembre. Feliz Navidad.

La semana pasada, más de lo mismo. Esta vez fue masivo: miles de personas en las redes sociales opinaron que el adolescente que robaba celulares en Guayaquil y al que un policía mató a balazos no merecía vivir. Quizás el policía hizo lo correcto; quizás el chico, que iba armado, estaba amenazando la vida de terceros. Quizás no. El caso es que no lo sabemos. No importa. No merecía vivir. Miles de personas celebraron su muerte y pidieron más. Más tiros, más sangre, más cadáveres. Imposible contener esa ola de odio y crispación en el Internet. Cualquiera que lo intente será llamado “defensor de delincuentes”. Y si comete el error de entablar debate (una modalidad de la comunicación humana que en el Twitter resulta tan imposible como inoficiosa), no tardará en ser, él mismo, amenazado de muerte. Retóricamente, claro, pero amenazado al fin.

“Cerca de la revolución el pueblo pide sangre”, cantaba Charly García. En ese punto estamos como país. Listos, preparados y dispuestos (ansiosamente dispuestos, en muchos casos) para una nueva revolución autoritaria y nacionalista. Esta vez de derecha. Basta un paseo virtual por las redes sociales para darse cuenta de que el próximo presidente del Ecuador bien puede ser el ‘outsider’ que prometa pena de muerte para los delincuentes, castración para los violadores, expulsión para los venezolanos, persecución para los homosexuales… Un Bolsonaro.

A juzgar por lo que se ve en las redes sociales, el próximo presidente del Ecuador bien puede ser el Bolsonaro que ofrezca pena de muerte para los delincuentes

¿Quién puede parar esta tendencia corrosiva y peligrosa? ¿Los liberales? Da la sensación de que no hay liberales en el Ecuador. Y si los hay, o están ocupados en labrarse una imagen de estrellas tuiteras o dejan de serlo en cuanto se convierten en candidatos. Conservadores que se oponen a los impuestos, de esos sí hay por montones. ¿La izquierda? ¿Los que se hacen de la vista gorda con la violencia de los movimientos sociales? ¿Las organizaciones que defienden los derechos de las minorías y que, a la hora del té, resultan ser las más intransigentes e intolerantes del paisaje? ¿Las que, en medio de esta explosión de violencia simbólica y retórica, se ocupan de expulsar a la ministra María Paula Romo “del mundo de las mujeres”? ¿Esa gente nos va a salvar del autoritarismo? ¿Quién?