El camino de la cruz

  Columnas

El camino de la cruz

Podríamos decir que de un tiempo atrás, la mayoría de los ecuatorianos nos encontramos viviendo un viacrucis.

Encontrándonos en la Semana Mayor y viviendo tiempos turbulentos en los diversos ámbitos de la sociedad, tales como la inseguridad desbordada por la delincuencia, la falta de trabajo, el asedio de los carteles internacionales de la droga, la corrupción rampante en lo político, en la Legislatura, en lo judicial, seguro social, sin dejar de lado ciertos malos funcionarios del Ejecutivo, ello nos hace sentir perturbados, en ocasiones desmoralizados, convirtiéndonos en víctimas del infortunio. Podríamos decir que de un tiempo atrás, la mayoría de los ecuatorianos nos encontramos viviendo un viacrucis.

Es dicha angustia social la que en esta Semana Santa nos llama a la reflexión; no como acto de resignación, sino como recordatorio de que hace aproximadamente 1989 años, un carpintero de Nazaret, al que los creyentes reconocemos como el Hijo de Dios, el Salvador de la humanidad, en tiempos convulsos, a sus 30 años inició su cruzada contra la opresión y la injusticia, en favor de la igualdad; enseñándonos que el camino de la rectitud y la práctica de una vida virtuosa no es algo fácil, pero que es lo correcto. Así fue como luego de tres años de lucha tomó su cruz y a sus 33 años la llevó sobre su hombro hacia el calvario, entregando su vida por la paz y la salvación de la humanidad.

Tal reflexión retumbaba en mi mente durante la exposición pictórica de arte sacro realizada en el Museo Municipal, bajo la dirección de la magíster Hellen Constante.

Reencontrarme en una sala ambientada con música coral sacra, inundada por el aroma del incienso, era el canal de espiritualidad idóneo para conectar con el Creador.

Obras de entre los siglos XVI al XVIII, representando el camino del Hijo de Dios hecho hombre, en su lucha por la igualdad, la justicia, camino cuyo símbolo distintivo es la Cruz, nos recuerda que el sendero a la salvación está lleno de dificultades, obligándonos al recogimiento, a la reflexión, a despojarnos de los egoísmos, y entonces sí poder comprender a cabalidad aquel exhorto del Salvador: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.