Columnas

Conversaciones serias

'Por eso el encierro es absurdo, aunque empaticemos con sus motivos’.

Ahora que todo el mundo tiene el tiempo de filosofar, nadie rehúye a las conversaciones más serias. Aceptamos referencias a la vida y la muerte, a la historia de nuestra civilización, a sus pruebas más duras y a la difícil tarea de imaginar el futuro.

Pero en el vendaval de noticias, Facetime perenne con políticos, tragedias relatadas en 30 segundos, nos hundimos en el miedo. Nuestra mente nos puede y, en lugar de tomar perspectiva, tomamos decisiones emotivas cada minuto, inconscientemente. Son las decisiones que nos mantienen encerrados.

No me atrevo a juzgar a nuestro presidente y vicepresidente, o a los más respetables ministros, por mimetizarse con la tendencia mundial dominante. Entiendo que frente a la tormenta perfecta, cierran filas y evitan tomar riesgos. Es comprensible que nuestros políticos se alineen con las decisiones de sus pares de los países a los que siempre hemos mirado como guía.

Pero la madurez de las personas se mide por su capacidad de resistir a los símbolos, a las recetas predominantes, o al aparente consenso general. Porque lo que existe no es ni de lejos un consenso fundamentado científicamente sobre la idoneidad de encerrarse. Lo que existe es el miedo de no saber cuál es la receta correcta y por ende encerrarse luce como la más segura. ¿O acaso sabe alguien ya a ciencia cierta que luego de 15, 30, 60 o 90 días se podrán abrir las puertas de casas y naciones, sin riesgo alguno? No.

Por eso el encierro es absurdo, aunque empaticemos con sus motivos.

Mi opinión hoy es que tenemos que hacer el máximo esfuerzo por evitar que la reapertura se convierta en un tabú cuyo debate nadie se atreve a poner sobre la mesa. Si esperamos del personal médico, de las empresas de alimentación y salud y de sus equipos que estén en la línea de fuego, ¿no es responsabilidad de todos rediseñar procesos para salir a la guerra? ¿Cuando será el momento de hacerlo? Dejemos a ancianos y enfermos en casa, pero no permitamos que por la previsible renuncia del político a tomar decisiones polémicas, todos muramos por inanición. Al menos debatamos.